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"La cohesión en el interior de un dominio reducido,
la posibilidad de las previsiones seguras,
el carácter absoluto de las relaciones de número,
el hombre se adhiere a estos débiles apoyos como
el niño a los brazos de su madre.
¿Qué sentido tendría la cohesión y el absoluto
de los números si hubiese un más allá -completamente otro-
que les encerrase? ¿Si esta cohesión lo fuese todo?
Para quien desfallece, la cohesión, el absoluto,
no hacen más que aumentar la angustia: ningún reposo,
ninguna certeza, incluso la no-adherencia es dudosa.
Lo real, lo posible, la cohesión y el más allá
de la cohesión cercan al hombre por todos lados,
como lo haría un enemigo acuciante: guerra
sin paz ni tregua imaginables, sin victoria ni derrota deseables. . .
Clamamos por la verdad definitiva, soñamos con la paz,
pero es la guerra lo que hay una vez más."(1)
"He vuelto a mi comienzo. Comprendo que si bien
puedo,
por medio de la ciencia, captar los fenómenos y enumerarlos,
no puedo aprehender el mundo mediante ella.
Cuando haya seguido con el dedo
todo su relieve no sabré más que ahora." (2)
"Creo que me he convertido en uno de los hombres
huecos
mientras más brillo en el exterior en estos días.
Puedo sentir el exterior alimentándose de mi interior
dejando una creciente oscuridad en su lugar.
Creo que me he convertido en uno de los hombres huecos.
Creo que me he convertido en uno de los solitarios
justo ahora que todos me hablan.
Siento que me he convertido en uno de los hombres vacíos."(3)
Evidentemente, una pregunta se impone sobre lo que podría pensarse
como obvio: ¿Qué es la posmodernidad?
Primera respuesta, por cierto insustancial: la posmodernidad es la
época en la que nos encontramos. Segunda respuesta, también insulsa: la
posmodernidad es la época heredera del pensamiento y de la obra de la
modernidad.
Dicho lo cual, para aproximarnos a una definición de la posmodernidad es
menester de primer orden dar un breve paseo por lo que es la modernidad, o
mejor dicho, por lo que fue la modernidad, y de esta manera, rebasar el
plano de la simbiosis de respuestas insípidas que he ofrecido que, como
toda simbiosis, pocas posibilidades deja a la narración.
Pues bien, a la modernidad habría que definirla como la era en la que
la razón fue proclamada como ese Otro indiviso tan ansiado por la
humanidad. Época que se inicia alrededor del siglo XVIII y en base al
"cogito" de Descartes (4), la modernidad instauró a la ciencia
como la vía para asegurarse un futuro armónico, en donde el hombre
alcanzaría la libertad, entendida ésta en términos de prosperidad
intelectual y económica para todos. La modernidad representaba así el
sepulcro del anciano oscurantista y el nacimiento del niño de las luces,
quien, tenía todo por descubrir y todo por inventar.
Se podría decir que, en la modernidad, el barco de la humanidad se
posaba enfrente del supuesto continente de la Verdad, continente que
estaba ahí, esperando ser explorado para no ser más de color negro y
ofrecer entonces sus insólitos frutos. El semen de la ciencia y la
bengala de la tecnología serían el alumbrado y la fecundidad encargados
de conquistar el dichoso continente; encargados de otorgar a la raza
humana los cálculos que la llevarían a obtener el goce fálico digno de
suplir lo que para cada quien fue el goce del ser. Sin duda, de este
ímpetu moderno, el producto más venerado fue la revolución industrial,
la cual, vino a simbolizar el cenit del reinado del intelecto, y de esta
manera se convirtió en el estandarte del fin absoluto de la esclavitud.
Básicamente eso fue la modernidad y, ciertamente, muchos beneficios se
alcanzaron como la cura a diversas enfermedades, tener la posibilidad de
una vida más práctica gracias al óptimo almacenamiento de la
información, y muchos logros más de gran importancia que no hace falta
enumerar aquí; por lo tanto, quiero expresar que las siguientes líneas
no proponen una añoranza por la ignorancia que precedió a la época
actual.
No obstante, me parece fundamental señalar que el espíritu moderno se
olvidó de que la Verdad es inalcanzable, y soslayó que ese saber que se
erigía como la Verdad dejaría a los sujetos vacíos de poiesis una vez
que se alcanzara. Precisamente a esto se le llama posmodernidad: "la
época en la que el hombre ya no se entusiasma por un futuro que canta,
prometido para antes o para después de la muerte." (5) La
posmodernidad, es la época en la que impera la desilusión, en la que
todo parece estar hecho, explicado, cuantificado. El dichoso continente de
la Verdad se exploró, se iluminó y se fecundó al precio de dejar al
sujeto ante la perspectiva del célebre "fin de los tiempos". Se
cayó la casa de la ficción, de lo que podría ser, y en su lugar,
tenemos la mansión holográfica de lo que es y será científicamente.
Aldous Huxley llamó a esto Un mundo feliz: pura felicidad, la vida
arreglada, inmunidad ante la muerte, entonces, pura muerte subjetiva. Y a
las nefastas consecuencias que esto podría acarrear, y que de hecho, ya
se empiezan a hacer notar, Georges Orwell les otorgó el título de 1984.
En la posmodernidad, la falta, esa que desde el fondo del inconsciente
anima a vivir, es taponada por el saber sobre el objeto y por el tenerlo;
un saber que me dice que todo lo nuevo es de entrada viejo y obsoleto (6);
un saber que no quiere saber nada de eso que lo determina, es decir, de lo
insabido, de eso que es precisamente lo que a final de cuentas constituye
mi humanidad, no esa humanidad celular sino esa humanidad de la
invención, del deseo.
El posmodernismo sugiere que me evite la molestia de hablar, me dice
que estoy predestinado, y yo, sujeto, me lo estoy creyendo. Y debo decir
que era lógico, sí, lógico que así pasara, pues, "la forclusión
del sujeto es la condición del saber de la ciencia. El saber sobre el
objeto es propuesto como excluyente de la verdad del sujeto." (7) La
ciencia era la esperanza del modernismo en vistas a una vida de
equilibrio, y ahora, se convierte en la victimaria de esa esperanza de la
que nació.
De lo insípido a la angustia. Estos parecen ser los caminos que
propone la posmodernidad: la banalidad del consumismo y la sangre de la
producción gracias al conocimiento sobre el objeto y en beneficio último
de éste, conocimiento que, paradójicamente, está llamado a ser el
alivio para el dolor de existir.
1) La subjetividad en la posmodernidad.
¿En dónde queda el sujeto dentro de la cultura posmoderna?
Si tomamos en cuenta que dicha cultura se rige mayoritariamente por una
posición perversa, una posición que intenta volver objeto al sujeto con
productos de todo tipo, los cuales se ofrecen como el mastique para
resanar la falta, podemos decir que el sujeto en la posmodernidad está
siendo destinado a la vitrina, al encierro en sí mismo.
Justo cuando el mundo se haya globalizado, y existen diversas
posibilidades para construir lazos sociales, es cuando el hombre se ha
encontrado más solo, a disposición de los fármacos legales e ilegales y
a la merced de la ola ligth que se propone como la acompañante de un
cuerpo que aspira a la perfección. Y se halla así, solo, debido a que su
palabra ha pasado a último plano y lo que parece tener primacía es el
supuesto poder que ostente, o sea, el número y valor de bienes con los
que cuente, el saber del que se haga acreedor sobretodo en materia de
avances científicos y tecnológicos, así como el número de personas de
las que disponga. Si lo importante no es más el diálogo sino las
posesiones, el sujeto queda entonces anulado, reducido él también al
número de matrícula y de cuenta; el sujeto, se extirpa así de su
singularidad para enjaularse en la inmensa masa consumista, perfilándose
hacia el individualismo.
El éxito de esta operación de ninguna manera radica en que los
sujetos sean predominantemente perversos, como podría deducir un
pensamiento simplista, al contrario, si lo que popularmente es conocido
como "consumismo" tiene éxito, es porque éste se ofrece como
la solución a la histeria, como la solución a la pregunta por el goce
ausente y como la solución a la pregunta por el saber sobre el síntoma.
La tragedia llega cuando el sujeto descubre, consciente o
inconscientemente, que está jugando un juego perdido de antemano en el
que él confiaba encontrar el complemento. De esta forma, la
posmodernidad, paulatinamente va secando toda ilusión de progreso con
respuestas materiales cada vez más sofisticadas, en el sentido de que
intentan "convencer" de que representan la pieza faltante al
rompecabezas de la subjetividad, demostrando al final no serlo. Todo
sueño por alcanzar el goce fálico (ideal del yo) de acuerdo a los
preceptos de la modernidad se está muriendo, y en su lugar, avanza por el
camino pavimentado por la tecnología ese goce mortal y sin intermediarios
que es el goce del ser (yo ideal) (8), un goce que es la nada omnipotente,
enemigo del discurso, por ende, enemigo del sujeto de la demanda.
La posmodernidad suele hartar y decepcionar al sujeto. Es por esta
razón que día a día vemos multiplicarse los suicidios, los asesinatos,
las violaciones y demás atrocidades, muy a menudo bajo la bandera del
clasismo, del racismo y del célebre "género", siempre con el
canto de diferenciarse y a la vez ejercer el re-clamo en virtud de
mantener la falta, pues, en el sujeto posmoderno "se enfrentan dos
fuerzas contrarias, una de las cuales corre el riesgo de suprimir a la
otra y de devorarla en su victoria. ¿Qué hacer, si no arrojar la parte
propia de nada sobre alguien?" (9). Siendo así, todos esos crímenes
que rompen la Ley no representan más que el intento por ratificar el
deseo, por darle su lugar a la falta, la cual se reiteraría gracias al
peso de la ley que sanciona judicialmente esos actos -en el mejor de los
casos- y de esta manera, darse un lugar propio, aunque sea un lugar nada
cómodo. Sí, accionar al estilo Meursault parece estar en boga estos
días (10).
En este sentido, me viene a la memoria Michael Moore, a quien por cierto
de ninguna manera se le podría calificar de justiciero o de
revolucionario, y quien en su muy difundida película Masacre en
Columbine, se preguntaba por qué los estadounidenses tienen el índice
más alto del mundo en cuanto a mortandad por arma de fuego. Pienso que la
respuesta siempre estuvo en su documental pero al parecer el cineasta no
pudo cernirla del todo, más allá de que haya sentado las bases para
poder hacerlo. Siendo el país encargado de la punta de la economía y el
armamentismo, los cuales se sustentan por una política positivista de lo
útil como verdadero, Estados Unidos de Norteamérica es sin duda el
centro posmoderno por excelencia, en consecuencia, sus ciudadanos son los
más propensos a sufrir las consecuencias de la anulación perversa (cuál
otra) que, por cierto, opera en especial en quienes más recursos
económicos tienen (11). La salida a ese estado objetal muchas veces es la
violencia a diestra y siniestra.
De lo anterior, tal vez divagando un poco, y hablando desde el contexto
social en el que he advenido como sujeto, se desprende la necesidad de que
en México se conserven los ritos que han contribuido a darle popularidad
a este país, ya que estos mitos llevados a la acción constituyen una
barrera ante la corriente utilitaria que emana del culto a la ciencia.
Esos ritos, como el día de los muertos (2 de noviembre) y el día de los
reyes magos (6 de enero), por citar dos ejemplos, se forman en base al
condicional, en base a un modelo terciario, como ocurre con la
subjetividad en el teatro edípico. En contrapartida, la ciencia se
produce en base al código binario, en base a lo falso y a lo verdadero,
con la mira siempre puesta hacia el terrero de lo verdadero, de lo
comprobable, pues como ya lo he adelantado, no obstante que también se
inicie en base al condicional, los logros de la ciencia siempre aspiran a
borrar de la hoja las hipótesis de las que surgieron. Esta es la razón
primordial para conservar esos ritos, más allá de la nostalgia y del
nacionalismo, es una razón que no dudo en llamarla de salud pública.
Por otro lado, y en cuanto a la sexualidad, habría que decir que esta
época posmoderna aparentemente la ha beneficiado. La represión que en la
modernidad imperaba, y que se empeñaba en ocultar o al menos postergar lo
más posible el goce que de la cópula se podía extraer, ha sido abatida
por los slogans de liberación y saber-hacer con el cuerpo que reclaman el
tiempo que se desperdició sin gozar. Es así como el encuentro carnal
está siendo utilizado como el anzuelo para vender cualquier producto.
Actualmente, el mensaje que impera en la publicidad es el de que
obteniendo cualquiera de las mercancías que bombardean a la población en
todas partes y a toda hora, el orgasmo está asegurado. Al respecto
Pommier afirma: "El placer sexual, hasta ayer nocturno y secreto, hoy
se vuelve obligatorio: los medios de comunicación hablan de él todo el
tiempo. El orgasmo se convirtió en un deber." (12) Ya todo se vale
en pro del goce sexual, el chiste es no quedarse out de la plena
satisfacción. Desafortunadamente, aquí también la posmodernidad termina
por demostrar el engaño. Desde el psicoanálisis sabemos que:
""la relación sexual no existe", pues no existe como
rapport, como relación que se establece en la lógica, y no existe como
reaporte de lo que cada uno perdió al entrar en la vida como efecto de la
sección, de la sexión, de la resección del goce que se llama
castración." (13)
Por este motivo, la caída no tarda mucho en presentarse para quien
confía en el acabamiento mediante la vía del coito. La obligación por
el éxtasis vía la cópula es una obligación que de ninguna manera se
puede cumplir sin que allí desfallezca el humano mismo y por
consiguiente, el deseo. La decepción está asegurada para quien se
aventura en este terreno posmoderno esperando la felicidad total. Las
consecuencias, la mayoría de las veces no son muy agradables, empero,
esta decepción es en repetidas ocasiones el camino que lleva a los
sujetos a la demanda de análisis.
Y hablando de análisis, ¿qué papel juega éste en la era posmoderna?
2) Psicoanálisis y posmodernidad.
He dicho que la posmodernidad, al regirse por una posición
predominantemente perversa puesto que intenta objetalizar la subjetividad,
provoca que los sujetos estén a merced del Yo ideal, Yo ideal que nos es
otra cosa que el regreso de ese goce que tiende a obturar la palabra y que
se conoce como goce del ser. También he esbozado que este suceso es la
principal razón por la cual actualmente los delitos que más conmueven a
la sociedad, y los espectáculos de glotonería y exhibicionismo que los
mass media difunden, se reproducen de manera que rozan el hábito. Sin
embargo, no he mencionado que el sujeto posmoderno encuentra comúnmente
otra vía para demostrar que su deseo no ha sido aplastado, y que su
demanda persiste por encima de la cultura del hartazgo. Esa otra vía
consiste en recurrir a quien en teoría podría restablecer el deseo, y
ese alguien resulta muchas veces ser todo sujeto inmiscuido en el campo
psi. Psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas y por supuesto,
psicoanalistas, son los profesionales a quienes cada vez más se les
solicita su ayuda, sus "soluciones".
Lamentablemente, y me atrevo a decir que hasta por regla, la
psicología, la psiquiatría y su conjugación, la psicoterapia, no hacen
más que agravar, aletargar, ocultar y/o sustituir el malestar que aqueja
al sujeto que recurre a ellos al designarle implícita y explícitamente
el objeto de su deseo. La psicología lo hace al producir y difundir
explicaciones ontológicas sobre el origen del síntoma y su probable
desaparición, explicaciones que no rebasan el plano del Yo y de lo
socialmente esperable. La psiquiatría lo hace adormeciendo el síntoma
con drogas, basándose en las consecuencias biológicas del malestar y en
las clasificaciones que otorga el DSM en cualquiera de sus presentaciones
y revisiones. La psicoterapia lo hace tratando de "re-adaptar"
al sujeto a su "medio" proporcionando consejos, dinámicas y
tareas que son en sí la propuesta de curación de la existencia, pues, la
psicoterapia, según me dijeron en mi formación como psicólogo,
"reeduca a los individuos" (14). Los resultados de cualquiera de
de estas estrategias en la que el profesional difícilmente puede caer del
lugar del Sujeto supuesto Saber, van de lo indiferente a lo horroroso para
el paciente quien primero recorrerá el camino de la sugestión.
Claramente he puesto al descubierto que el psicoanálisis es a mi
entender el dispositivo congruente con la demanda del sujeto posmoderno, y
de todo sujeto en general, ya que en suma, dicha demanda es la de poder
abrir la vereda del deseo.
Con Freud y Lacan, hemos entendido que el psicoanálisis está llamado
a ser el espacio en donde el sujeto se encuentra con su castración, con
su medio decir, y que ese encuentro está destinado a abrir las puertas
del deseo, es decir, las puertas del amor, y el amor es dar la falta,
precisamente aquello que actualmente es obturado en gran parte de la
población a nivel mundial.
El sujeto posmoderno encarna la creencia de que ya no hay nada más que
ofrecer ni que le ofrezcan, siente que la pulsión está siendo
satisfecha. Entonces, hoy más que nunca, el psicoanálisis -que dicho sea
de paso es un dispositivo surgido gracias a la modernidad y no de manera
paradójica sino lógica- se perfila como la barrera al Yo ideal y como la
vereda por donde con sus acciones el sujeto construye su historia hacia el
ideal del Yo, un ideal por siempre incompleto y por eso, prolífico, en la
medida en que mantiene latiendo al deseo. Así pues, la función del
psicoanálisis no es curar la falta sino darle su lugar, mostrar la
incompletud de lo que hoy pretende ser completo, mostrar, en fin, los
límites que la muerte impone y que hoy día parecen ya no vislumbrarse,
lo cual, no conduce a otro lugar que a la anestesia perenne. Hay que
recordar que: "El hombre esta hecho a la medida de la muerte, hasta
tal punto que, lejos de sucumbir al espanto, es la visión del espanto lo
que le libera."(15)
"Por esto el psicoanálisis no está destinado a adquirir un saber
que asegure la plena armonía del sujeto con el mundo. Ningún saber
podría eliminar el saber del inconsciente que en su insistencia
repetitiva manifiesta la inevitable ausencia de armonía en esa
relación" (16)
La función del psicoanálisis en la posmodernidad es la función de
siempre en especial desde la enseñanza de Lacan, sólo que hoy es una
función que resulta evidente, y que por lo mismo, deja poco a refutarle.
"La opción para el sujeto es clara: entre el goce y el deseo, una
de dos, o la angustia por la falta de la falta. . .o el amor que es dar la
falta, la castración, el -j, lo único que podrá permitir la
condescendencia de uno al otro."(17)
Se trata entonces de que el deseo del sujeto advenga en el lugar que es
ocupado en la posmodernidad por el goce obtenido gracias a los objetos; de
atravesar la esclavitud que dirige el amo del discurso de la ciencia
basada en la ordenanza de trabajar por la eficacia. Así, lo demás será
pura falla, nada de perfección científica ni de puro saber del mismo
orden sino pura humanidad: la vida con su imprescindible carencia de
estructura y las posibilidades que ésta abre para accionar por propia
cuenta, y no en determinación de las exigencias de la tramposa cultura
consumista que, en el fondo, reduce la acción a la mera contemplación, y
de esta forma, se ha convertido en una especie de reactor nuclear del
síntoma al agudizarlo con un saber que supuestamente lo desaparecería.
Así, quedará claro que lo real es predominantemente inaprensible.
Sin duda, muchos cuestionamientos, e incluso, enconos, surgen a partir
del determinismo de estas breves reflexiones. Ya habrá tiempo para
apalabrarlos. . .
México, D.F., febrero-junio 2005.
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Referencias
(1) Georges Bataille (1973), El culpable,
Madrid, Taurus, 1986, p. 79.
(2) Albert Camus (1953), El mito de Sísifo,
Buenos Aires, Losada, 2004,p. 33.
(3) "I think I have become one of the
hollow men as I shine one the outside more these days. I
can feel the outside feeding on my inside 'leaves a
growing darkness in it's place// I think I have become
one of the hollow men.// I think I have become one of
the lonely now that everybody talks to me. I feel I have
become one of the empty." Extracto de la letra de
la canción "The hollow man" escrita por Steve
Hogarth y John Helmer aparecida en el álbum Brave de
Marillion. EMI Records. 1994. (Traducción mía.)
(4) Daniel Gerber, "El psicoanálisis y
la razón moderna", Acheronta, núm. 16,
www.acheronta.org/acheronta16/razonmoderna.htm, 2002, p.
1
(5) Gérard Pommier (2000), Los cuerpos
angélicos de la posmodernidad, Buenos Aires, Nueva
Visión, 2002, p.9.
(6) Para profundizar en este punto el lector
puede consultar la primera de las Tres conferencias
sobre el síntoma de Jacques-Alain Miller titulada
"El síntoma y el cometa."
(7) Frida Saal (1986), "El saber y la
verdad", en Néstor Braunstein, El discurso del
psicoanálisis, México, Siglo XXI, 1997, p.164.
(8) Para profundizar en este punto el lector
puede consultar el capítulo número 3 del libro ya
citado de Pommier.
(9) Gérard Pommier (2000), Los cuerpos
angélicos de la posmodernidad, Buenos Aires, Nueva
Visión, 2002, p.25.
(10) Meursault es el apellido del personaje
principal de la novela El extranjero de Albert Camus,
personaje cuya personalidad es descrita como apática e
insensible, y que es sentenciado a ser decapitado por
haber acribillado a un árabe en la playa, sin aparente
motivo alguno.
(11) Un claro ejemplo de esta anulación de la
que hablo la encontramos en la vida que los hijos de
algunas celebridades llevan. Se trata de niños
destinados a la anorexia, puesto que a su corta edad,
son saturados por sus padres (entiéndase Madonna, John
Travolta, Sharon Stone, etc., etc.) con lujos de todo
tipo que, lejos de "estimular" su intelecto lo
destinan a la sequía, pues lo que hacen es tratar de
desaparecer de manera soberbia la carencia de la que son
portadores por el sólo hecho de hablar. Ya veremos qué
pasa con esos celebrity kids en unos años.
(12) Gérard Pommier (2000), Los cuerpos
angélicos de la posmodernidad, Buenos Aires, Nueva
Visión, 2002, p.68.
(13) Néstor Braunstein (1990), Goce, México,
Siglo XXI, 1999, p. 29.
(14) Frase "cumbre" de mi profesora
de la materia de Psicoterapia II cuyo nombre prefiero no
dar a conocer, y quien también mencionaba que existen
más de 250 dispositivos psicoterapéuticos con lo que
me ratificó (sin querer) la banalidad y la atrocidad
que puede alcanzar la psicoterapia en general.
(15) Georges Bataille (1973), El culpable,
Madrid, Taurus, 1986, p. 45.
(16) Daniel Gerber, "El psicoanálisis y
la razón moderna", Acheronta, núm. 16,
www.acheronta.org/acheronta16/razonmoderna.htm, 2002, p.
15
(17) Néstor Braunstein (1990), Goce, México,
Siglo XXI, 1999, p. 91.
Bibliografía.
American Psychiatric Association. (2002) Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales:
DSM-IV-TR. Barcelona: Masson.
Bataille, G. (1986) El culpable. Madrid: Taurus.
Braunstein, N. Comp. (1997) El discurso del
psicoanálisis. México: Siglo XXI.
Braunstein, N. (1999) Goce. México: Siglo XXI.
Camus, A. (1942) L'étranger. Paris: Gallimard.
Camus, A. (1952) El mito de Sísifo. Buenos
Aires: Losada.
Fundación del Campo Freudiano. Comp. (1998) El
síntoma charlatán. Buenos Aires: Paidós.
Gerber, D. (2002) "El psicoanálisis y la
razón moderna", Acheronta, núm. 16,
www.acheronta.org/acheronta16/razonmoderna.htm
Huxley, A. (2000) Un mundo feliz. México: Porrúa.
Orwell, G. (2002) 1984. México: Tomo.
Pommier, G. (2002) Los cuerpos angélicos de la
posmodernidad. Buenos Aires: Nueva visión.
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