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INTRODUCCIÓN
" Creo que es lícito dejar libre curso a nuestras hipótesis,
siempre que conservemos una perfecta imparcialidad
de juicio, y no tomemos nuestro débil armazón por
un edificio de absoluta solidez. "
Sigmund Freud (1900-1901)
La propuesta de este trabajo es un intento de esclarecer algunas
preguntas que, a mi parecer, aún continúan sin respuesta y de
interrogarnos acerca del sentido de ciertas convicciones o ideologías que
todavía se siguen transmitiendo de generación en generación. Y tal vez
de eso se trate: de intentar sostener algunos cuestionamientos que nos
permitan asegurar la continuidad del trabajo del pensamiento, postulando
incógnitas sin, por esto, perder la categoría de provisoriedad de toda
conclusión.
El objetivo de esta investigación es un intento de discriminar
conceptualmente "lo materno" de "lo femenino",
utilizando para ello como referencia los textos freudianos y
post-freudianos en relación a la sexualidad femenina, efectuando un
recorrido teórico para ubicar el lugar de la mujer en la historia.
La historia de la civilización occidental no es lineal en relación al
lugar de la mujer. Algo ha debido ocurrir en el curso de esta historia
para que el ser femenino haya quedado subsumido en la representación
sagrada de la Maternidad. Esta reducción de lo femenino a lo materno
podría tratarse simplemente de un intento de apropiación, de una forma
de aprehender el poder arcaico y no significado de la esencia de lo
materno. Podría tratarse de un modo ilusorio de no finitud con el que el
humano intenta resistir lo impensable de la muerte, postulando en su lugar
"el amor maternal", garantía primordial de la supervivencia de
todo recién nacido.
El análisis de esta cuestión nos conduce ineludiblemente a la necesidad
de deslindar los conceptos de maternidad y reproducción en un sentido
biológico. Al incluir el componente amoroso-deseante, constitutivo de
"lo materno", en un acto específico apoyado en lo biológico
hace que lo trascienda ampliamente. De esto surgiría otro modo conceptual
de maternidad, en el que es necesario incluir las nociones de sexualidad,
deseo de hijo, capacidad de erotización y, muy especialmente, el
componente narcisista y estructurante de la capacidad amorosa y los
sentimientos tiernos y de cuidado infantil, que nuevamente nos
conducirían a renovar los cuestionamientos acerca de la relación entre
lo femenino y lo materno.
La maternidad ha sido siempre homologada a la feminidad desde las más
diversas vertientes: religiosas, filosóficas, místicas y médicas. Al
quedar la feminidad subsumida en la maternidad se ha presentado como una
insignia de "lo materno". En este contexto la ecuación
mujer-madre parece haber velado la idea de la posibilidad de existencia de
una feminidad intrínseca discriminada de la maternidad.
La sexualidad ha sido el eje del desarrollo de la teoría psicoanalítica,
ya que Freud desarticuló el saber popular acerca de lo que es "ser
hombre" y "ser mujer", postulando que la sexualidad es una
producción psíquica, construida siempre a partir del vínculo con
"el otro-auxilio ajeno". Para ello, recurrió a los aportes de
la biología y de la sociología, concluyendo que no existiría una
feminidad o una virilidad puras sino una "bisexualidad biológica y
psicológica" (Freud, S., 1905).
Las exhaustivas y minuciosas investigaciones de Freud acerca de la
sexualidad femenina no alcanzaron a dilucidar las vicisitudes de la
condición femenina. De este modo, Freud delegó la continuación de las
investigaciones acerca de la mujer, en tanto enigma a descifrar, a
investigadores y poetas.
"... Si ustedes quieren saber más acerca de la feminidad, inquieran
a sus propias experiencias de vida, o diríjanse a los poetas, o aguarden
a que la ciencia pueda darles una información más profunda o mejor
entramada...".
Al comienzo de su obra, y desde un enfoque positivista, que exige partir
de lo más inmediatamente cognoscible para hacer ciencia, Freud toma al
hombre como modelo para la construcción de una teoría que le permita
explicar la estructuración del aparato psíquico.
Es por esto que, en los comienzos, sólo puede pensar a la mujer como
simétrica al hombre, estableciendo así en el desarrollo de ambos un
paralelismo absoluto. A lo largo de ese aparente único camino, llega en
sus elucidaciones a ese punto crucial que es en su desarrollo teórico el
descubrimiento, por el niño, de la diferencia anatómica de los sexos.
Momento específico de la evolución humana, pues determinará a todo ser
humano en lo que a su ser se refiere, y que marcará una bifurcación. De
aquí en más, estos "iguales" comenzarán a diferenciarse.
Cabalgando sobre una teoría falocéntrica, esta diferencia sustentada en
la anatomía habrá de conducir a la mujer a la necesidad de abandonar ese
lugar privilegiado, "la masculinidad", para adentrarse en el
incierto camino, plagado de incógnitas, por el que de un modo nada fácil
arribará, y no siempre, a ese "continente negro" que es la
feminidad.
Parafraseando a Freud en su definición de lo pulsional como
"exigencia de trabajo" pulsa en mí, la necesidad de descifrar
la herencia que Freud nos legara, en relación a la cuestión de la
sexualidad femenina y la diferencia entre lo femenino y lo materno.
En razón de la amplitud y complejidad que esta temática impone
focalizaré este trabajo en algunas cuestiones que considero articuladoras
y que habrán de permitirme organizar los interrogantes acerca de lo
femenino y lo materno, por lo tanto como primera cuestión me pregunto:
¿es la maternidad la meta y culminación del Complejo de Edipo femenino?
EL DISCURSO HISTORICO - SOCIAL ACERCA DE LA MUJER Y LA MATERNIDAD
"...Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para
poseerlo..."
Goethe, Fausto ( Parte 1)
En la emergencia del discurso histórico - social se pone de manifiesto
el estereotipo sobre la mujer y lo materno, donde más que el deseo de un
sujeto se expresa la transmisión de un ideal que atraviesa las
generaciones.
Por lo tanto resulta difícil reconocer que, en tanto fenómeno humano, la
maternidad es una construcción cultural, dado que durante mucho tiempo
fue concebida como una función de orden biológico, ineludiblemente
arraigada en la estructura psico-biológica de la mujer, nominada como
"instinto maternal" y recortada de las circunstancias temporales
y espaciales en las que se lleva a cabo.
Toda herencia exige siempre una elección y una discriminación. Heredar
es un equivalente de encontrar frente a un texto aquello a ser
decodificado, interpretado y reconstruido, metabolizándolo para, de este
modo, reafirmar una memoria que trabaja para el porvenir.
El popular "instinto materno", como todo mito, es un relato en
el que pueden desglosarse diferentes secuencias temporales, revelándose
desde una apariencia narrativa una estructura fundamental. Estructura que
obtiene en el mismo disfraz-mito el material empírico sobre el cual
esconderse entre sus repliegues.
¿Cuál sería entonces el mito originario que serviría de soporte y se
hallaría en el fundamento mismo del "instinto materno"?
Podríamos pensar lo sorprendente de la exclusión de lo femenino-mujer en
el mito del Génesis, siendo éste un mito de los comienzos. Tal vez la
mítica versión conocida de Adán, Eva, la serpiente y la no tan conocida
e innombrable Lilit, haya sido la responsable del surgimiento del instinto
materno, porque, desde esta perspectiva, el mito del instinto materno
alude a la fantasía de completud. Estado en el que ninguna tensión de
necesidad vital ni ningún deseo irrumpen. Imagen del Paraíso que no deja
de evocar el estado intrauterino en el que el feto no está sometido a
necesidad ni deseo y por tanto a prohibición alguna.
En el mito del "instinto materno" se reconstruye, como una
totalidad, la escena fundacional y por lo tanto este mito podría ser
considerado un síntoma. Como tal se le puede atribuir un cierto orden
ilusional-restitutivo, en tanto facilita a las sucesivas generaciones
evitar los aspectos menos tolerables de la realidad psíquica,
adhiriéndose a una creencia más cercana al ideal. La creencia en el
poder de una idea: la unicidad, que resguarda del peligro de tener que
enfrentar una realidad insoportable.
Si bien la procreación es un proceso natural puede inducir a pensar que
al fenómeno fisiológico de la concepción y la gestación debería
corresponderle, como efecto inevitable, el "deseo de tener un
hijo" así como las consecuentes aptitudes para el ejercicio de la
maternidad. Pero este ejercicio es nada más que el producto de un sistema
de transmisión inter y transgeneracional de representaciones generadoras
de esa ilusión conocida como "instinto materno".
Definir a la maternidad como un hecho natural es la resultante de una
representación ideológica, que proporciona una imagen totalizadora y
unificada de la mujer como madre, promoviendo una identidad aparentemente
sólida y al servicio de las más puras ilusiones narcisistas. La
ecuación "mujer-madre-Tierra" termina encarnando en la mujer el
mito del "paraíso perdido", sentimiento de omnipotencia, propio
de la condición humana. Omnipotencia que remite siempre al estado de
fusión con "aquel otro prehistórico inolvidable" de la Carta
52 de Freud (1896) con el que cada sujeto, en razón del desamparo
originario (Hilflosigkeit), se identifica desde los orígenes.
Si bien la mujer posee características que la definen, estas
características estarían más relacionadas con el modo de transmisión
cultural, a lo largo de la Historia, que con la misma naturaleza de su
biología. Por lo tanto, considero que referirse al mito del
"instinto maternal" es nada más que un modo socio - cultural
heredado, que continúa aún transmitiéndose en calidad de dogma. Dogma
que sostiene la creencia de que la maternidad sería la realización
indispensable del destino de todo ser femenino, sin el cual ninguna mujer
alcanzaría la condición de "verdadera mujer".
En este punto me parece pertinente citar a María Asunción González de
Chávez quien postula la urgente necesidad de las mujeres, de encontrar un
nuevo modelo de "ideal del yo femenino", para construir nuevos
significados tanto respecto a lo femenino como a lo materno:
"... Los aspectos más profundos, anclados en el inconsciente, con
todos los contenidos culpógenos, que remiten a la
relación-identificación hija-madre, necesitarán probablemente de varias
generaciones antes de poder ser removidos y serán siempre motivo de
conflictos, en parte irresolubles, en tanto inherentes a la condición
humana y a la economía psíquica..."
Desde un punto de vista antropológico, el modo de concebir
simbólicamente al "hijo" y a las relaciones de filiación no
resultan un efecto reflejo de la esencial naturaleza de las relaciones de
parentesco. Al respecto Lévy-Strauss (Lévy-Strauss,C., "Las
estructuras elementales de parentesco", Paidós, México, 1983)
asigna a los sistemas de parentesco un estatuto de sistemas simbólicos
que van operando, de modo inconsciente, en los sujetos. Si bien acepta que
las conexiones biológicas están siempre presentes en toda estructura
social, lo que verdaderamente les otorga a las relaciones de parentesco su
cualidad humana no es
precisamente lo que de la naturaleza se conserva sino el movimiento
nuclear, por el cual cada subjetividad toma distancia de la misma. El
sistema de parentesco no es el efecto de los nexos fácticos de la
consanguinidad entre los individuos sino que es efecto de la creatividad
humana. Es un sistema de representaciones psíquicas y no la consecuencia
espontánea de un hecho objetivo.
Considero que el esfuerzo por precisar el registro de lo femenino incluido
en lo materno no sólo resulta un forzamiento teórico sino una cuestión
a investigar más compleja, en tanto simple réplica del discurso
dominante que, por siglos, ha situado a la mujer sólo como una pura
naturaleza luego instinto y por fuera de la cultura.
"... la exigencia feminista de igualdad entre los sexos no tiene
aquí mucha vigencia; la diferencia morfológica tiene que exteriorizarse
en diversidades del desarrollo psíquico. Parafraseando a Napoleón
"la anatomía es el destino"...
Como sabemos la cultura ha cargado sobre lo femenino el mayor efecto
represivo, para ejemplificar el hecho de que es la mujer la que debe
asumir el sostén del cuidado de la vida y de la sexualidad, siempre
ligada al amor, pero también y especialmente "conteniendo" en
su propio cuerpo el deseo sexual, garantía única del pasaje de la
Naturaleza a la Cultura. Tal vez por esto se considera a "lo
materno", como el responsable de velar por el polo conservador y
civilizador de toda criatura humana, vía represión específica de la
sexualidad femenina.
Por lo tanto, me parece pertinente que el Psicoanálisis continúe
investigando y reformulando ciertos postulados ya cristalizados. En caso
contrario, se corre el riesgo de que esta disciplina se anquilose y de que
todos aquellos que participamos de ella seamos responsables de no haber
logrado revitalizarla, por no atrevernos a introducir nuevos paradigmas o,
en el mejor de los casos, responsables de que ciertos malentendidos de la
teoría se continúen sosteniendo en el tiempo, obturando el acceso a un
saber más genuino.
EL DESARROLLO PSICOSEXUAL EN LA TEORIA FREUDIANA
I- La sexualidad infantil
Sin duda el descubrimiento de la sexualidad infantil ha sido uno de los
puntos fundamentales en la teoría freudiana.
A partir de las observaciones de "sus histéricas", Freud
comienza a desentrañar -en el interior de la trama del sufrimiento de sus
pacientes- algo del orden de lo sexual reprimido.
"... hasta donde se podía hablar de una causación por la cual las
neurosis fueran adquiridas, la etiología debía buscarse en factores
sexuales..."
Es a partir de entonces que la cuestión de la sexualidad se convirtió en
el eje de toda la teoría psicoanalítica.
En 1905, con la publicación de "Tres ensayos de teoría
sexual", Freud estableció nuevos parámetros para la comprensión de
la sexualidad, realizando una clara distinción entre ésta y la función
reproductora. Agregando que ésta última recién emerge biológicamente
en el curso de la pubertad y que el descubrimiento del placer sexual está
ya presente, desde los primeros momentos de vida: la succión del seno de
la madre o del dedo pulgar, el ser mecido, la defecación. Describió la
constitución del cuerpo erógeno en función de la primacía de
determinadas "zonas erógenas", nominando
"pregenitales" a aquellas organizaciones de la vida, en las que
los órganos genitales todavía no han alcanzado su rol conductor y
predominante, y a las que luego definirá como "fases de la
organización libidinal". Estas fases o estadios son definidos
entonces como modalidades de la "relación con el objeto".
Laplanche y Pontalis en su "Diccionario de Psicoanálisis"
definen a la "organización de la libido" como: "...la
coordinación relativa de las pulsiones parciales, caracterizadas por la
primacía de una zona erógena y de un modo específico de relación con
el objeto. Consideradas en una sucesión temporal, las organizaciones de
la libido definen fases de la evolución psicosexual infantil..." (
"Diccionario de Psicoanálisis", Pág. 266)
En el marco de su teoría de la libido y de sus "Tres ensayos de
teoría sexual" (1905), Freud comenzó a elaborar una definición de
los "estadios pregenital (oral y anal) y genital", según la
diversos momentos del desarrollo del sujeto y de su relación con las
diferentes "zonas erógenas" y describe las características de
la vida sexual infantil, señalando que es esencialmente
"autoerótica". Momento en que el objeto es ubicado en el propio
cuerpo, y en el que las "pulsiones parciales" aspiran a obtener
el placer de un modo autónomo. De este modo, el punto
"princeps" del desarrollo lo constituye la "vida sexual
normal del adulto", donde la consecución del placer habrá de estar
al servicio de la función reproductora mientras las "pulsiones
parciales" apuntan a alcanzar el logro de las metas sexuales en un
objeto ajeno, bajo la primacía rectora de una única "zona
erógena".
"...Una primera organización sexual pregenital es la oral, o si se
prefiere, canibálica. La actividad sexual no se ha separado todavía de
la nutrición, ni se han diferenciados opuestos dentro de ella. El objeto
de una actividad lo es también de la otra; la meta sexual consiste en la
incorporación del objeto, el paradigma de lo que más tarde, en calidad
de identificación, desempeñará un papel psíquico tan importante.
(...).
Una segunda fase pregenital es la de la organización sádico-anal. Aquí
ya se ha desplegado la división en opuestos, que atraviesa la vida
sexual; empero, no se los puede llamar todavía masculino y femenino, sino
que es preciso decir activo y pasivo. (...) En esta fase, por tanto, ya
son pesquisables la polaridad sexual y el objeto ajeno. Faltan todavía la
organización y la subordinación a la función de la reproducción."
Respecto de los pares de opuestos pulsionales, los designó con un
término acuñado por Bleuer: "ambivalencia". Esta forma de
organización sexual puede conservarse a lo largo de toda la vida y
atraer, hacia sí, buena parte de la práctica sexual.
En relación a la "elección de objeto" afirmó que se produce
en dos tiempos: la primera transcurre entre los dos y cinco años y sus
metas sexuales son de naturaleza infantil, produciéndose un primer corte
ante la emergencia del "período de latencia". La segunda
sobreviene en la pubertad y determina la organización definitiva de la
sexualidad.
Completando el cuadro de la sexualidad infantil agregó:
"... a menudo, o regularmente, ya en la niñez se consuma una
elección de objeto como la que hemos supuesto característica de la fase
de desarrollo de la pubertad. El conjunto de afanes sexuales se dirigen a
una persona única, y en ella quieren alcanzar su meta.(...) La diferencia
(...) reside sólo en el hecho de que la unificación de las pulsiones
parciales y su subordinación al primado de los genitales no son
establecidas en la infancia, o lo son de manera muy incompleta. Por tanto,
la instauración de ese primado al servicio de la reproducción es la
última fase por la que atraviesa la organización sexual..."
En una nota, agregada en 1923, agregó una tercera fase, "la
genital", a la cual me referiré más adelante.
En su tercer ensayo acerca de la sexualidad: "La metamorfosis de la
pubertad", Freud formuló que si bien resulta un observable que las
disposiciones masculinas y femeninas ya son reconocibles durante la
niñez, será recién durante la pubertad cuando habrá de establecerse
una clara separación entre el carácter masculino y femenino, en tanto la
activación autoerótica de las "zonas erógenas" en la niñez,
habrá de producirse en ambos sexos, efecto que habilitará la posibilidad
de diferenciarlos hasta entonces.
En relación al desarrollo sexual de la niña afirmó:
"... el desarrollo de las inhibiciones de la sexualidad (vergüenza,
asco, compasión) se cumple en la niña pequeña antes y con menores
resistencias que en el varón; en general, parece mayor en ella la
inclinación a la represión sexual; toda vez que se insinúan claramente
pulsiones parciales de la sexualidad, adoptan de preferencia la forma
pasiva (...) Con respecto a las actividades autoeróticas y
masturbatorias, podría formularse la siguiente tesis: La sexualidad de la
niña pequeña tiene un carácter enteramente masculino (...) podría
defenderse también el aserto de que la libido es regularmente, y con
arreglo a la ley, de naturaleza masculina, ya se presente en el hombre o
en la mujer, y prescindiendo de que su objeto sea el hombre o la
mujer..."
En otra nota -agregada en 1915- señaló que los conceptos masculino y
femenino se encuentran entre los más confusos para la ciencia, debiendo
ser analizados desde tres direcciones: a) el sentido pasividad-actividad,
b) el sentido biológico y c) el sentido sociológico. Del primero
considera que es el esencial en relación con la teoría psicoanalítica y
por el cual la libido es definida como activa, de modo que la pulsión es
siempre activa, aún en aquellas situaciones donde la meta es pasiva. El
sentido biológico admite una definición más clara: ya que lo masculino
y lo femenino se definen por el desarrollo sexual y el surgimiento tanto
de los óvulos como de los espermatozoides y de la activación de las
funciones sexuales definitivas. El tercer significado, el sociológico, se
funda en la observación de los individuos masculinos y femeninos, y
considera la imposibilidad de hallar una feminidad o virilidad puras, ni
en sentido biológico ni psicológico, pues todo ser humano tendría
constitucionalmente disposiciones sexuales tanto femeninas como
masculinas, las que se habrán de manifestar en los diversos conflictos
que cada sujeto experimente, para asumir su propio sexo.
Continuando con el apartado sobre "La metamorfosis en la
pubertad", Freud afirmó que la zona erógena rectora en la mujer es
el clítoris, homóloga a la zona erógena masculina, el glande.
" ... Si se quiere comprender el proceso por el cual la niña se hace
mujer, es menester perseguir los ulteriores destinos de esa excitabilidad
del clítoris. La pubertad, que en el varón trae aparejado aquel gran
empuje de la libido, se caracteriza para la muchacha por una nueva oleada
de represión, que afecta justamente a la sexualidad del clítoris. Es un
sector de vida sexual masculina el que así cae bajo la
represión..."
Es entonces cuando formula que la mujer debe desplazar la excitabilidad
erógena fisiológica del clítoris hacia la vagina, a diferencia del
hombre que conserva su excitabilidad erógena desde la niñez, condición
ligada íntimamente con la consideración freudiana acerca de la esencia
de la feminidad.
En "La organización genital infantil. Una interpolación en la
teoría de la sexualidad" (1923), Freud formuló una importante
modificación. Allí, consideró que la semejanza entre la sexualidad
infantil y la adulta no se circunscribe sólo al tipo de "elección
de objeto" sino que, si bien no se alcanza todavía la reunificación
de las pulsiones parciales bajo el primado de los genitales, el interés
por éstos cobra ya una significatividad dominante. Pero el carácter
principal de la "organización genital infantil" es, al mismo
tiempo, la diferencia con la organización de la vida sexual definitiva
del adulto, señalando que reside en que:
"... para ambos sexos, sólo desempeña un papel un genital, el
masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino un primado del
falo..."
Si bien el varón todavía no ha alcanzado el conocimiento acerca de la
diferencia entre los sexos, sí puede ya efectuar la diferencia entre la
condición hombre-mujer, aunque sin poder aún enlazar las diferencias
entre los órganos genitales, atribuyéndoles a todos los demás seres
vivos (animales, objetos inanimados) un miembro idéntico al que él
posee. Creencia que persiste hasta el momento en el que descubre que el
pene no es un atributo que todos poseen. Este descubrimiento genera una
definida reacción frente a esa falta:
"... Desconocen esa falta; creen ver un miembro a pesar de todo;
cohonestan la contradicción entre observación y prejuicio mediante el
subterfugio de que aún sería pequeño y ya va a crecer, (...), llegan
luego a la conclusión, afectivamente sustantiva, de que sin duda estuvo
presente y luego fue removido. La falta de pene es entendida como
resultado de una castración, y ahora se le plantea al niño la tarea de
habérselas con la referencia de la castración a su propia persona. (...)
... sólo puede apreciarse rectamente la significatividad del complejo de
castración si a la vez se toma en cuenta su génesis en la fase del
primado del falo..."
En una nota al pie, en este mismo texto, Freud aclaró que durante el
proceso de constitución psíquica, el niño va progresivamente
construyendo la representación de una pérdida de lo corporal, como
efecto de algún daño narcisista, desde el destete así como de la
eliminación de las heces, pero recién es posible referirse al
"complejo de castración" cuando la representación de la
pérdida se enlaza con el descubrimiento de la diferencia de los sexos y
frente a la posibilidad fantasmática de la pérdida del genital
masculino.
El varón no generaliza la falta de pene a todas las mujeres. Cree que
sólo las personas despreciables del sexo femenino han sido despojadas de
tan preciado genital, como consecuencia de unos impulsos ilícitos, en los
que él mismo ha incurrido. Las personas respetables, como su madre,
siguen conservándolo. Cuando descubre que sólo las mujeres pueden parir
niños, abandona esta creencia, edificando complejas teorías para
explicar la transformación del pene al hijo.
Hacia el final de este mismo texto, Freud retomó el tema de la polaridad
sexual, en el curso del desarrollo infantil y explicó las
transformaciones que experimenta:
"... Una primera oposición se introduce con la elección de objeto,
que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la organización
pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la
oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio
de la organización genital infantil hay por cierto algo masculino, pero
no algo femenino; la oposición reza aquí: genital masculino, o castrado.
Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la
polaridad sexual coincide con masculino y femenino. Lo masculino reúne el
sujeto, la actividad y la posesión de pene; lo femenino, el objeto y la
pasividad..."
II- El complejo de Edipo y la constitución de la sexualidad
femenina
En relación a la trama edípica, Freud efectivizó una primera
referencia al tema en una carta a Fliess, fechada el 15 de octubre de 1897
y -si bien no le dedicó ningún artículo en particular- el concepto de
"complejo de Edipo" atraviesa toda su obra. Es a partir de su
autoanálisis que Freud reconoce, en sí mismo, el amor hacia su madre y
unos sentimientos de celos hacia su padre, que se contradicen con el
afecto que le tiene.
"... Un solo pensamiento de validez universal me ha sido dado.
También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos hacia
el padre, y ahora lo considero un hecho universal de la niñez temprana
(...) la saga griega captura una compulsión que cada quien reconoce
porque ha registrado en su interior la existencia de ella.(...)"
No es mi intención exponer las diversas etapas y la complejidad de la
progresiva elaboración que Freud hace de este descubrimiento, ya que si
bien es importante en su desarrollo teórico, escapa al eje de la presente
investigación, por lo cual me remitiré a la definición del complejo de
Edipo que brinda el "Diccionario de Psicoanálisis" (Roudinesco,
E. y Plon, M., 1997), la cual considero sintetiza lo fundamental del
concepto, para luego abocarme a los textos donde Freud relacionó el
"complejo de Edipo" con la sexualidad femenina.
Elizabeth Roudinesco y Michael Plon definen al "complejo de
Edipo" como correlativo al "complejo de castración", al
reconocimiento de la diferencia entre los sexos y de las generaciones. El
"complejo de Edipo" es una noción central en Psicoanálisis tal
como la universalidad de la prohibición del incesto, con la cual se
vincula. El "complejo de Edipo" es una representación
inconsciente, a través de la cual se expresa el deseo sexual/amoroso del
niño por el progenitor del sexo opuesto, en simultáneo con su hostilidad
hacia el progenitor del mismo sexo. Esta representación puede invertirse
y expresar amor por el progenitor del mismo sexo y odio hacia el
progenitor del sexo opuesto. Se conoce como "complejo de Edipo"
a la primera representación y como "complejo de Edipo
invertido" a la segunda y, finalmente, "complejo de Edipo
completo" a la combinación de ambas. El "complejo de
Edipo" se constituye entre los tres y cinco años y su declinación
marca el ingreso en el conocido "período de latencia", cuya
resolución -después de la pubertad- se concreta vía un nuevo tipo de
elección de objeto.
Recién en 1924, cuando Freud escribió "El sepultamiento del
complejo de Edipo", continuando con sus desarrollos de 1923, postuló
que la sexualidad sigue un curso diferente en los varones y las niñas.
El sepultamiento del "complejo de Edipo" es consecuencia de las
dolorosas desilusiones sufridas por el sujeto, en razón de la no
satisfacción esperada, que termina por apartar a los "pequeños
enamorados"
"... el complejo de Edipo se iría a fundamento a raíz de su
fracaso, como resultado de su imposibilidad interna..."
Tiempo del "complejo de Edipo", contemporáneo de la "fase
fálica", en la que retomando los argumentos freudianos de 1923, el
desarrollo sexual del varón progresa hasta alcanzar una fase, en la que
los genitales masculinos (los femeninos continúan aún sin ser
descubiertos) comandan, en calidad de rector sobresaliente, el desarrollo
sexual, interrumpido por el surgimiento del "período de
latencia".
La amenaza de castración, en el varón, comienza a producir efectos,
cuando el pequeño "ve" los genitales de la niña y se va
convenciendo de la falta de pene, en un ser semejante a él, haciéndole
posible el representarse, en sí mismo, dicha pérdida. Así, la tesis
freudiana sostiene que:
"... la organización genital fálica del niño se va a fundamento a
raíz de esta amenaza de castración..."
El "complejo de Edipo" ofrece al varón dos posibilidades de
satisfacción: una activa y otra pasiva. Puede sustituir imaginariamente
al padre, manteniendo como él, el comercio sexual con la madre o bien
sustituir femeninamente a la madre y ser amado por el padre.
Aceptar la posibilidad de castración, y descubrir que la mujer es
castrada pone fin a ambas posibilidades de satisfacción que conllevan la
pérdida del pene, la masculina como castigo y la femenina como premisa.
"... Si la satisfacción amorosa en el terreno del complejo de Edipo
debe costar el pene, entonces por fuerza estallará el conflicto entre el
interés narcisista en esta parte del cuerpo y la investidura libidinosa
de los objetos parentales. En este conflicto triunfa normalmente el
primero de esos poderes: el yo del niño se extraña del complejo de
Edipo..."
Es, de este modo, como la autoridad parental es introyectada en el yo del
niño, constituyendo el núcleo del superyo, perpetuando la
"prohibición del incesto" y asegurando al yo el retorno de las
investiduras libidinosas del objeto. Estas cargas libidinales del
"complejo de Edipo" quedan, en parte, desexualizadas y
sublimadas y, en parte, inhibidas en cuanto a su fin y transformadas en
mociones tiernas, iniciándose de esta forma el "período de
latencia".
Hasta aquí, lo descripto se refiere al niño de sexo masculino. En este
punto, Freud se preguntó si este mismo desarrollo se consumaría también
en la niña pequeña. Si a ella también puede atribuírsele una
organización fálica y un "complejo de castración":
"... También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un
superyo y un período de latencia. (...) pero las cosas no pueden suceder
de igual manera que en el varón. (...) la diferencia morfológica tiene
que exteriorizarse en diversidades del desarrollo psíquico..."
Según Freud, cuando la niña compara el clítoris (que en un comienzo se
comporta como un pene) con el pene del niño, siente esta diferencia como
un motivo de inferioridad, consolándose con la expectativa que luego le
crecerá, iniciándose así el "complejo de masculinidad" en la
mujer. La niña se explica su falta, con el supuesto de que alguna vez lo
tuvo y luego lo perdió por efecto de la castración. Se genera así una
diferencia esencial:
"... la niñita acepta la castración como un hecho consumado,
mientras que el varoncito tiene miedo a la posibilidad de su
consumación..."
Freud afirmó que al estar ausente la "angustia de castración"
en la niña, ella carece también de los motivos para instituir el
superyo, ya que, en lugar de interiorizar prohibiciones, éstas parecieran
ser sólo efectos de la educación y de la intimidación externa, que la
amenazan con la pérdida del amor.
"... La renuncia al pene no se soportará sin un intento de
resarcimiento. La muchacha se desliza -a lo largo de una ecuación
simbólica, diríamos- del pene al hijo; su complejo de Edipo culmina en
el deseo, alimentado por mucho tiempo, de recibir como regalo un hijo del
padre, parirle un hijo. (...) el complejo de Edipo es abandonado después
poco a poco porque ese deseo no se cumple nunca. Ambos deseos, el de
poseer un pene y el de recibir un hijo, permanecen en lo inconsciente,
donde se conservan con fuerte investidura y contribuyen a preparar al ser
femenino para su posterior papel sexual..."
En el texto "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia
anatómica entre los sexos" de 1925, Freud continuó sus
consideraciones al respecto, señalando las diferencias en relación con
el "complejo de Edipo" en la niña y el niño y condensó,
aquí, su primera reformulación acerca de sus concepciones anteriores
sobre el desarrollo psicológico de la mujer, plantando así el germen de
lo que habrá de ser su posterior elaboración, en torno a este tema.
Para Freud, el "complejo de Edipo" constituye la primera etapa,
posible de ser reconocida en el varón, y sostiene que es así en tanto el
niño retiene -en esta fase- el mismo objeto catectizado durante su
transcurrir por la etapa pregenital, en el período posterior a la
lactancia. Al incorporar la noción de "bisexualidad" se
complejiza también, en el varón, el "complejo de Edipo".
"...aún en el varoncito, el complejo de Edipo es de sentido doble,
activo y pasivo, en armonía con la disposición bisexual. También él
quiere sustituir a la madre como objeto de amor del padre; a esto lo
designamos como actitud femenina..."
Freud supuso que en la prehistoria del "complejo de Edipo" en el
varón, se observa una identificación de índole cariñosa con el padre.
Esta identificación, en los comienzos, es una alternativa a la carga de
objeto, que catectiza la relación psíquica del niño con la madre. La
identificación del niño con el padre se halla aún libre de todo matiz
de rivalidad hacia la madre.
La noción de "complejo de Edipo" en la niña aparece ya
complejizada en la teoría freudiana. Habiendo sido la madre, tanto para
la niña como para el niño, el primer objeto de amor, mientras el varón
retiene este mismo objeto, Freud se preguntó si la niña habría de
alcanzar su "complejo de Edipo" del mismo modo: resignándolo y
apropiándose del padre como objeto. Sostenía que él mismo encontraba,
entre sus propias pacientes, una particular intensidad en el vínculo con
el padre, que conllevaba la fantasía desiderativa de "tener un hijo
con él". Sin embargo, el análisis minucioso de esos casos pareció
demostrarle que no se trataba de una fantasía estructurante, elemental e
irreductible de la vida sexual infantil de la niña:
"...el complejo de Edipo tiene en ellos una larga prehistoria y es,
por así decir, una formación secundaria..."
El primer paso imprescindible para el ingreso en la "fase
fálica" consiste en un crucial descubrimiento, al que toda niña
está destinada:
"... nota el pene de un hermano o un compañerito de juegos, pene
bien visible y de notable tamaño, y al punto lo discierne como el
correspondiente, superior, de su propio órgano, pequeño y escondido; a
partir de ahí cae víctima de la envidia del pene..."
Diferente es cuando el niño descubre la zona genital de la niña:
"... se muestra irresoluto, poco interesado al principio; no ve nada,
o desmiente su percepción, la deslíe, busca subterfugios para hacerla
acordar con su expectativa..."
Será recién más tarde, cuando una posible "amenaza de
castración", recayera sobre él que esta observación habrá de
cobrar significación, quedando así inmerso en la creencia acerca de la
efectividad de la amenaza. De ese encuentro habrán de resultar dos tipos
de reacciones, tanto independientes o combinadas, como en su conjunto con
otros factores, que habrán de determinar permanentemente su horror ante
esa criatura mutilada o su desprecio triunfante hacia ella.
En la niña pequeña la reacción es diferente:
"... en el acto se forma su juicio y decisión. Ha visto eso, sabe
que no lo tiene, y quiere tenerlo..."
En este punto, en una nota al pie, Freud corrige una formulación
anterior, según la cual no sería la diferencia entre los sexos, sino el
problema del origen de los niños, lo que despertaría el interés sexual
del niño, y dice que, al menos en lo que a la niña se refiere, esto no
sería válido,
"...en este lugar se bifurca el complejo de masculinidad de la mujer,
que eventualmente, si no logra superarlo pronto, puede deparar grandes
dificultades al prefigurado desarrollo hacia la feminidad..."
El "complejo de masculinidad" consiste en la esperanza de poseer
un pene, igualándose así al varón. Otra posibilidad es que la niñita
se rehúse a aceptar su castración, reafirmando la convicción de poseer
un pene y, en consecuencia, se comporte como si fuera un niño.
Si la niña admite esta herida narcisista podría surgir en ella -como una
"cicatriz"- un cierto sentimiento de inferioridad. Luego de un
primer intento de explicarse su falta de pene como un castigo personal,
acepta que es una característica sexual universal, compartiendo con el
varón el menosprecio por "ese" sexo mutilado.
Aún abandonado su verdadero objeto, éste no deja de existir y se
desplaza, persistiendo en el rasgo caracterológico de los celos. Celos
que, si bien no son obviamente característicos ni de un solo sexo ni se
fundan sólo sobre la base de la "envidia fálica", desempeñan
-según Freud- un rol más determinante, en la vida anímica de la mujer.
Una tercera consecuencia de la "envidia del pene" parece radicar
en el debilitamiento de los lazos tiernos con el objeto materno. Si bien
Freud admitió que la situación no resultaba clara, quién sino la madre,
que la trajo al mundo insuficientemente dotada, habría de ser responsable
de la falta de pene?
Pero, Freud continuó señalándonos otro sorprendente efecto de la
"envidia del pene" (o del descubrimiento de la inferioridad del
clítoris), la masturbación estaría más alejada de la naturaleza de la
mujer que de la del varón:
"... al menos la masturbación en el clítoris sería una práctica
masculina, y el despliegue de la feminidad tendría por condición la
remoción de la sexualidad clitorídea..."
Según este autor, el descubrimiento de la diferencia anatómica entre los
sexos fuerza a la niña a apartarse de la masculinidad y del onanismo
masculino, para dirigirse -por nuevas vías- hacia el despliegue de las
condiciones inherentes a la feminidad.
Ahora, la libido de la niña se desplaza hacia una nueva posición,
siguiendo la ecuación simbólica prefigurada "pene = hijo".
Señaló Freud que la niña:
"... resigna el deseo de pene para reemplazarlo por el deseo de un
hijo, y con este propósito toma al padre como objeto de amor. La madre
pasa a ser objeto de los celos, y la niña deviene una pequeña mujer
(...) si después de esta ligazón-padre tiene que resignarse por
malograda, puede atrincherarse en una identificación-padre con la cual la
niña regresa al complejo de masculinidad y se fija eventualmente en
él..."
Queda explicitada así, la prehistoria del "complejo de Edipo"
-según Freud- en la niña, donde se afirma que es una formación
secundaria a la castración. Será en la relación entre ambos complejos,
Edipo y castración, donde habrá de establecerse la oposición central
entre los sexos, como consecuencia de la diferencia anatómica y de la
situación psíquica relacionada con ella. Castración consumada y amenaza
de castración.
Afirmó Freud:
"... mientras que el complejo de Edipo del varón se va a fundamento
debido al complejo de castración, el de la niña es posibilitado e
introducido por este último..."
La modalidad en la que se ingresa en el "complejo de Edipo" y la
forma en que se logra superarlo son decisivas y no dejan de producir
consecuencias:
"... en el varón (...) el complejo no es simplemente reprimido;
zozobra formalmente bajo el choque de la amenaza de castración. Sus
investiduras libidinosas son resignadas, desexualizadas y en parte
sublimadas; sus objetos son incorporados al yo, donde forman el núcleo
del superyo (...). En el caso normal (...), ya no subsiste tampoco en lo
inconsciente ningún complejo de Edipo, el superyo ha devenido su
heredero..."
En la niña, como ya lo he mencionado, falta un motivo para el
aniquilamiento del Edipo -en tanto la castración ejerció anteriormente
su efecto- adentrando a la pequeña en el proceso de organización del
complejo, por lo que -según Freud- la niña o lo abandona lentamente o lo
tramita, vía represión. Lo más frecuente es que sus efectos permanezcan
a todo lo largo de la vida psíquica normal de la mujer.
"... el superyo nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan
independiente de sus orígenes afectivos como lo exigimos en el caso del
varón..."
En 1931, Freud publicó "Sobre la sexualidad femenina", que es
esencialmente una reformulación de su trabajo "Algunas consecuencias
psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos" (1925), donde
subrayó la duración e intensidad de la ligazón preedípica de la niña
con su madre y efectivizó un amplio examen del elemento activo en la
actitud de la niña hacia la madre y en la feminidad en general.
En el capítulo 1, Freud se preguntaba -partiendo de la premisa que la
madre es el primer objeto de amor- cómo la niña hallaría su camino
hacia el padre y cómo, cuándo y por qué se desligaría de su intenso
vínculo primario con la madre. Tomando como punto de partida sus
postulados anteriores afirmó que el desarrollo de la sexualidad femenina
se complejiza por la necesidad de renunciar a la zona genital
originalmente dominante -el clítoris- y reemplazarla por una nueva zona,
la vagina. Nuevamente se produce una mudanza, el cambio del primitivo
objeto madre por el padre -no menos característico y significativo para
el desarrollo de la mujer- pero aún no había logrado dar cuenta de cómo
estas dos operaciones se vincularían entre sí.
Dos hechos despertaron la atención de Freud: el primero es que toda vez
que existía una intensa ligazón-padre, ésta era precedida por una fase
de ligazón-madre no menos intensa, la fase de vinculación con el padre
aportaba apenas un nuevo rasgo a la vida amorosa, excepto el cambio de
objeto. El segundo hecho es que la duración de la ligazón con la madre
había sido subestimada, llegando en algunos casos hasta los cinco años,
e incluso que algunas mujeres pudieran permanecer atrapadas en este
vínculo originario, sin poder realizar la mudanza hacia el padre.
La etapa preedípica en la mujer alcanza entonces una significación que,
hasta entonces, no se le había asignado:
"... esta fase deja espacio para todas las fijaciones y represiones a
que reconducimos la génesis de las neurosis ..."
A partir de esta afirmación Freud se ve obligado a extender el contenido
del complejo de Edipo, incluyendo en él las relaciones del niño con
ambos padres, sosteniendo que la mujer, luego de superar una prehistoria
gobernada por el complejo negativo donde el padre no es más que un
molesto rival, llega a la situación edípica positiva normal.
En el capítulo 2, Freud debió incluir estos nuevos descubrimientos,
dentro del cuadro previamente trazado por él, acerca del desarrollo
sexual femenino:
"... es innegable que la bisexualidad, que según nuestra tesis es
parte de la disposición constitucional de los seres humanos, resalta con
mucho mayor nitidez en la mujer que en el varón. (... ) este tiene sólo
una zona genésica rectora, un órgano genésico, mientras que la mujer
posee dos de ellos: la vagina, propiamente femenina, y el clítoris,
análogo al miembro viril..."
Sostuvo allí que, esencialmente, el tiempo que precede a la genitalidad,
en la infancia, se desenvuelve en la niña en torno al clítoris y agrega
que la vida sexual de la mujer se divide siempre en dos fases: la primera,
de carácter masculino y sólo la segunda habrá de ser específicamente
femenina. El proceso de transición entre una y otra, carece de analogía
alguna con el desarrollo sexual del varón. En relación al "cambio
de objeto", Freud afirmó que, a medida que se produce un cambio de
vía sexual, la mujer debe cambiar también el sexo del objeto, para que
el padre devenga "nuevo objeto de amor".
Señaló la diferencia entre ambos sexos en relación al "complejo de
Edipo" y describió las consecuencias del "complejo de
castración" en la mujer:
"... ella reconoce el hecho de su castración y, así, la
superioridad del varón y su propia inferioridad, pero también se
revuelve contra esa situación desagradable..."
De esta actitud Freud hizo derivar tres orientaciones: a) la inhibición
sexual: frente al terrible sentimiento que genera en la niña la
comparación con el varón, se siente disconforme con su clítoris,
renunciando a su quehacer fálico y a la sexualidad en general; b) el
"complejo de masculinidad": la niña persiste en su ilusión de
poseer un pene, hasta unas épocas tardías, y la fantasía de ser un
varón es elevada a la condición de finalidad vital, pudiendo alcanzar
una elección de objeto homosexual manifiesta y c) la feminidad normal: la
niña toma al padre como objeto, hallando la forma femenina del
"complejo de Edipo".
"... el complejo de Edipo es en la mujer el resultado de un
desarrollo más prolongado; no es destruido por el influjo de la
castración, sino creado por él; escapa de las intensas influencias
hostiles que en el varón producen un efecto destructivo, e incluso es
frecuentísimo que la mujer nunca lo supere..."
La significación que la etapa preedípica tiene en la mujer, le sirvió a
Freud para comprender ciertos hechos clínicos y, fue por ello que
afirmó, que el pasaje de las ligazones afectivas del objeto-madre al
objeto-padre, constituye el principal proceso que la conduce hasta la
constitución de su propia identidad femenina.
En el capítulo 3, Freud se preguntó qué es lo que demanda la niña
pequeña de su madre y si los fines sexuales de ese período de exclusiva
ligazón-madre, son de índole activa o pasiva. La respuesta que da, es
que las metas sexuales son de naturaleza tanto activa como pasiva,
determinadas por las fases libidinales por las que atraviesan todos los
niños
"... es fácil observar que en todos los ámbitos del vivenciar
anímico, no sólo en los de la sexualidad, una impresión recibida
pasivamente provoca en el niño la tendencia a una reacción activa.
Intenta hacer lo mismo que antes le hicieron o que hicieron con él.(...)
No en todos los niños se da con igual regularidad y energía esa
alternancia de la pasividad a la actividad, y en muchos puede faltar. De
esta conducta del niño se puede extraer una inferencia acerca de la
intensidad relativa de la masculinidad y feminidad que habrá de mostrar
en su sexualidad..."
Señaló que las primeras vivencias sexuales del niño -en relación con
su madre- son naturalmente de carácter pasivo. Es ella quien lo amamanta,
alimenta, asea y viste. Una porción de la libido del niño se mantiene
ligada a estas experiencias y goza de las satisfacciones vinculadas con
ellas, mientras que otra cierta cantidad procura su orientación hacia la
descarga vía la actividad. De este modo, primero sustituye el ser
amamantado por la succión activa, para luego hacer por sí mismo lo que
antes "se le hacía", repitiendo -en forma activa- sus vivencia
pasivas, expresándose ya sea en el juego o tomando a la madre y
situándose, frente a ella, como sujeto activo.
En el caso de la niña, suele realizar esos deseos activos de forma
indirecta en el juego con las muñecas, donde ella representa a la madre y
la muñeca a la hija. Esta actividad es considerada como signo de una
feminidad que despertaría tempranamente pero, debemos tener en cuenta que
se trata de una exteriorización de la actividad de la feminidad (lo que
interesa es realizar activamente lo que se experimentó pasivamente),
juego que expresa el carácter exclusivo de la relación con la madre.
La actividad sexual de la niña se manifiesta en una sucesión
cronológica, según las diferentes etapas libidinales, a través de
impulsos orales, sádicos y fálicos dirigidos hacia la madre. Freud
sostuvo lo difícil que resulta formular sus peculiaridades, pues se trata
de mociones pulsionales que la pequeña no puede procesar psíquicamente y
sólo han hallado interpretación "a posteriori". En algunas
ocasiones, es el analista quien los halla -vía transferencia- trasladados
al objeto-padre.
-Los deseos agresivos orales y sádicos se manifiestan en el "temor a
ser muerta por la madre", forma que le fue impuesta por una
represión precoz.
-En la fase fálica se describen los impulsos pasivos y activos de la
niña. Frente a los pasivos, la madre aparece como seductora, en razón de
la influencia de los cuidados corporales que ésta le brindara, con la
consecuente irrupción de sus primeras sensaciones genitales. En las
fantasías de años posteriores, es el padre quien aparece como seductor
sexual, en tanto al apartarse de la madre, la niña transfiere al padre la
responsabilidad de haberla iniciado en la vida sexual.
-Por último, en la fase fálica también, aparecen intensas mociones
activas de deseo dirigidas hacia la madre, donde el quehacer sexual
culmina en la masturbación clitoridiana, siendo difícil determinar si la
niña fantasea fin sexual alguno. Según Freud, ante la llegada de un
hermanito, el fin sexual se expresa bajo la forma del deseo de "ser
la madre" de ese niñito o el deseo de "hacerle ella un niño a
la madre".
El desprendimiento de la madre va a implicar mucho más que un simple
cambio de objeto. Deben disminuir los impulsos activos y acentuarse los
pasivos. Los primeros son afectados por la frustración, al tratarse de
unos impulsos absolutamente irrealizables. Las tendencias pasivas tampoco
escapan al sentimiento de ser defraudadas, porque puede ser posible que
-al producirse la represión de la masculinidad precedente- se perjudique
buena parte de su vida sexual.
Freud concluyó formulando que, en la niña, actúan las mismas fuerzas
libidinales que en el varón. Ambos continúan, durante cierto período,
idénticos caminos y alcanzan resultados similares pero no idénticos.
Ulteriormente, la niña se aparta de sus fines primitivos y las tendencias
activas o masculinas se orientan hacia las vías de la feminidad. Si bien
mencionó ciertos factores biológicos que podrían ser también
responsables de esta transformación, afirmó:
"...para la psicología es indiferente que en el cuerpo exista una
única sustancia que produzca excitación sexual, o que sean dos o una
multitud. El psicoanálisis nos enseña a contar con una única libido,
que a su vez conoce metas -y por tanto modalidades de satisfacción-
activas y pasivas..."
En 1933 se publicó la 33º Conferencia "La feminidad". Este
texto, basado en los trabajos de 1925 "Algunas consecuencias
psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos" y de 1931
"Sobre la sexualidad femenina", versa sobre la psicología
femenina, incorporando nuevas ideas acerca de la vida adulta de la mujer.
Partiendo de la constatación de que los términos femenino y masculino se
utilizan, también, para designar cualidades anímicas y que se ha
transferido a la vida anímica -procedente del campo de la biología- el
punto de vista de la bisexualidad, Freud cuestionó el valor de estas
nociones en la psicología:
"... un ser humano, sea macho o hembra, se comporta en este punto
masculina y en estotro femeninamente. Pero pronto verán ustedes que lo
hacemos por mera docilidad a la anatomía y a la convención. No es
posible dar ningún contenido nuevo a los conceptos de masculino y
femenino. Este distingo no es psicológico; cuando ustedes dicen
"masculino", por regla general piensan en "activo", y
en "pasivo" cuando dicen "femenino"..."
Freud sostuvo que tales coincidencias existen, pero que resulta
insuficiente esta relación, en el campo de la vida sexual humana y lo
ejemplificó con la madre, quien es activa en la crianza del hijo. Además
agregó que la mujeres pueden desplegar una gran actividad en diferentes
direcciones y que los hombres no podrían convivir con sus semejantes, si
no fuera por una considerable cuota de "docilidad pasiva". Tomar
estos hechos y afirmar que son prueba de una "bisexualidad"
psicológica sería inadecuado y no aportaría ningún conocimiento nuevo.
"... podría intentarse caracterizar psicológicamente la feminidad
diciendo que consiste en la predilección por metas pasivas. Desde luego,
esto no es idéntico a pasividad; puede ser necesaria una gran dosis de
actividad para alcanzar una meta pasiva..."
Lo que acaso sucede -acotó Freud- es que en la mujer, debido al rol que
asume en cuanto a la función sexual, la preferencia por un determinado
tipo de actitud y un fin pasivo, se haga extensiva hacia todas sus
expresiones de la vida y agregó que la influencia de las normas sociales
podría conducirla a adoptar una actitud pasiva. Sugirió también, el no
pasar por alto el vínculo constante entre feminidad y vida pulsional, la
contención de la agresión prescripta constitucionalmente e impuesta
socialmente, el favorecer la formación de impulsos masoquistas que logran
ligar eróticamente las tendencias destructivas vueltas hacia el adentro.
Será recién entonces cuando el masoquismo habrá de devenir
auténticamente femenino. Pero, qué ocurre con el masoquismo en los
hombres? No queda más que considerar que poseen rasgos claramente
femeninos. Esto prueba -según Freud- que tampoco la psicología habrá de
resolver completamente "el enigma de la feminidad".
"... el psicoanálisis, por su particular naturaleza, no pretende
describir qué es la mujer -una tarea de solución casi imposible para él
-, sino indagar cómo deviene, cómo se desarrolla la mujer a partir del
niño de disposición bisexual ..."
En otras palabras, cómo se llega a ser una mujer? Freud dio un nuevo
impulso a sus descripciones anteriores:
"... también surgen diferencias en la disposición pulsional, que
permiten vislumbrar la posterior naturaleza de la mujer. La niña pequeña
es por regla general menos agresiva y porfiada, se basta menos a sí
misma, parece tener más necesidad de que se le demuestre ternura, y por
eso ser más dependiente y dócil. (...) se recibe la impresión de que la
niña pequeña es más inteligente y viva que el varoncito de la misma
edad, que se muestra más solícita hacia el mundo exterior, y que sus
investiduras de objeto poseen mayor intensidad que las de aquel..."
Las diferencias se irán atenuando, en la medida que Freud va avanzando en
el desarrollo de sus ideas. Mientras anteriormente había sostenido que la
niña era menos agresiva ahora -al hacer referencia a la fase
sádico-anal- habrá de afirmar que los impulsos agresivos de las niñitas
son especialmente intensos, tanto en cuanto a su calidad como al quantum
de violencia. Al ingresar a la fase fálica, las diferencias entre ambos
sexos quedan muy en evidencia, debiendo entonces reconocer que la niña
pequeña es como un hombrecito y -que al igual que éste- sabe procurarse
sensaciones placenteras, si bien la vagina no desempeña aún ningún rol
fundamental, siendo el clítoris la zona erógena rectora de esta fase.
Este recorrido semejante que realizan -tanto niñas como varones- en las
primeras etapas del desarrollo libidinal, se bifurcan, ya que la
evolución de la niña pequeña hasta alcanzar la condición de la mujer
normal es más difícil y compleja en relación al varón, pues incluye
dos tareas adicionales: 1- el cambio de zona erógena, del clítoris a la
vagina y 2- el cambio de objeto de la ligazón-madre a la ligazón-padre:
"... ¿A raíz de qué, pues, se va a pique esta potente
ligazón-madre de la niña?. Sabemos que es su destino habitual: está
destinada a dejar sitio a la ligazón-padre. (...) no se trata de un
simple cambio de vía del objeto. El extrañamiento respecto de la madre
se produce bajo el signo de la hostilidad, la ligazón-madre acaba en
odio..."
En esta conferencia Freud retomó sus ideas expuestas en "Sobre la
sexualidad femenina" (1931), postulando que no es posible comprender
a la mujer si no se tiene en cuenta esta fase, de intensa vinculación con
la madre, anterior al "complejo de Edipo".
Si bien Freud indagó las posibles motivaciones que pueden conducir a
justificar estos sentimientos hostiles de las niñas (las postergaciones,
los celos, los desengaños de amor, entre otros), también afirmó que en
la relación del varoncito con su madre, este tipo de sentimientos
irrumpen pero sin llegar a enajenarlo.
El factor específico que acciona en el apartamiento de la niña de su
madre, reside en que responsabiliza a su madre de no haberle dado un pene
y no le perdona tal desventaja. Dicho factor se halla incluido en la
organización del "complejo de castración" de la niña:
"... el complejo de castración de la niña se inicia, asimismo, con
la visión de los genitales del otro sexo. Al punto nota la diferencia y
-es preciso admitirlo- su significación. Se siente gravemente perturbada
(...), entonces cae presa de la envidia del pene, que deja huellas
imborrables en su desarrollo y en la formación de su carácter, y aun en
el caso más favorable no se superará sin un serio gasto
psíquico..."
El descubrimiento de su castración resulta un punto crucial en el
desarrollo de la niña, de donde parten tres caminos posibles: 1) la
conduce hacia la inhibición sexual o neurosis; 2) la conduce a la
"alteración del carácter" en el sentido de un "complejo
de masculinidad" y 3) hacia la feminidad normal.
1) En el primer caso, Freud afirmó que la "envidia del pene" le
hace perder a la niña el goce por la sexualidad fálica renunciando -por
ello- a la satisfacción de la masturbación clitorídea, por la afrenta
narcisística que le provoca la comparación con el niño mejor dotado
fálicamente y reprimiendo una buena parte de sus aspiraciones sexuales.
Al ser la "madre fálica" su objeto de amor y el descubrimiento
que también ella está castrada, le posibilita abandonarla como objeto
amoroso, prevaleciendo la hostilidad. Al descubrir la falta de pene en la
madre, la niña desvaloriza a la mujer.
2) La niña desarrolla un intenso "complejo de masculinidad". Se
niega a reconocer la falta de pene ponderando su masculinidad, manteniendo
su actividad clitoridiana y buscando refugio en una identificación con la
"madre fálica" o con el padre. Lo principal de este proceso es
que -en este momento de la evolución- se evita el incremento de la
pasividad, que inicia el giro hacia la feminidad.
3) Freud afirmó que la feminidad normal se alcanza luego del abandono de
la masturbación clitorídea -renunciando a un montante de actividad-
haciéndose dominante la pasividad. La vuelta hacia el padre se cumple con
ayuda de unas mociones pulsionales pasivas. El deseo con que la niña se
vuelve hacia el padre es el de conseguir aquello que la madre le ha negado
y ahora espera de él:
"... la situación femenina sólo se establece cuando el deseo del
pene se sustituye por el deseo del hijo, y entonces, siguiendo una antigua
equivalencia simbólica, el hijo aparece en lugar del pene..."
Ya en la fase fálica la niñita había deseado un hijo, aunque en esa
etapa -más relacionado con la identificación-madre- en pos de sustituir
pasividad por actividad. Con el deseo del pene, el
"hijo-muñeca" deviene en "hijo del padre", siendo la
más profunda meta del deseo femenino. El antiguo deseo masculino de
poseer pene se expresa en la más acabada feminidad.
Tomando como fundamento la prehistoria individual, Freud destacó que el
desarrollo de la feminidad puede ser perturbado por algunos de los
fenómenos residuales del período prehistórico de masculinidad. Agregó
que el "enigma femenino" quizás resulte efecto de la
manifestación de la "bisexualidad" en la mujer.
También señaló algunas particularidades psíquicas de la feminidad
madura sosteniendo que, con frecuencia, resulta difícil discriminar
cuáles son resultado de la influencia de la función sexual de aquellas
otras, correspondientes al proceso educativo social.
Le adjudicó a la feminidad un elevado montante de narcisismo, que influye
sobre su elección de objeto y se concluye afirmando que para la mujer es
más imperiosa la necesidad de ser amada que la de amar. En la vanidad
corporal de la mujer participa aún la "envidia del pene", en
tanto considera que sus encantos son un resarcimiento por sus genitales
deficitarios.
La "elección de objeto" puede ser variable: a) puede seguir el
ideal narcisista del hombre que la niña había deseado llegar a ser, b)
responder al modelo paterno, en caso que la niña hubiera permanecido
ligada al padre (complejo de Edipo), c) cargar con la hostilidad propia de
la relación ambivalente con la madre y d) ante el nacimiento del primer
hijo podría reavivarse una identificación con la madre y atraer, hacia
sí, toda la libido disponible, de modo que la "compulsión a la
repetición" conduciría a reproducir el eventual matrimonio
desdichado de los padres.
Freud afirmó que la reacción de la mujer frente al nacimiento de un hijo
habrá de ser diferente, según se trate de bebé varón o bebé mujer, ya
que el factor de la falta de pene no pierde su fuerza y que sólo la
relación con el hijo varón le ofrece a la madre una satisfacción
irrestricta. Y esto en razón de poder transferir sobre hijo-varón,
aquellas ambiciones que debió sofocar en ella misma y entonces esperar
que éste satisfaga todo aquello que se mantuvo como residuo de su antiguo
"complejo de masculinidad".
En relación a la identificación de la mujer con su madre diferenció dos
instancias: a) la fase de ligazón preedípica, donde la niña toma a su
madre como modelo, y b) durante el "complejo de Edipo", donde
intenta apartarla para luego sustituirla junto al padre. La primera
resulta decisiva durante el desarrollo de la mujer:
"... en ella se prepara la adquisición de aquellas cualidades con
las que luego cumplirá su papel en la función sexual y costeará sus
inapreciables rendimientos sociales..."
Afirmó también que resulta preciso atribuir el "escaso sentido de
justicia de la mujer", a su íntima relación con el predominio de la
envidia en su vida anímica y sostuvo también que los intereses sociales
de la mujer son más débiles al igual que su capacidad de sublimación
pulsional.
Freud concluyó reconociendo que lo que había postulado respecto de la
feminidad es incompleto y fragmentario y que se ha descrito a la mujer
sólo en lo que respecta a la determinación de su ser, en razón de su
función sexual.
DESPUÉS DE FREUD
I- Helene Deutsch
Destacó que, tanto la niña como el varón, luchan por adquirir
independencia respecto de su madre. El padre, en tanto, representa el
mundo exterior. La niña, en determinado momento de su desarrollo, se
vuelve hacia el padre en busca de esta realidad exterior, abandonando a la
madre.
En la primera infancia, el apartarse de la madre implica -para ambos
sexos- el desarrollo de cierta actividad y agresividad, que en el varón
toman el aspecto de deseos de penetración agresiva de la madre y se
vivencian en el pene, durante la fase fálica. En la niña, la conduce a
volverse más activa, siendo el objeto primitivo de esta actividad
erótica su madre, aunque Deutsch, admite la posibilidad de que la niña
sea más pasiva biológicamente que el varón.
Esta autora afirma que -en la fase fálica- la niña, como consecuencia
del aumento de tensión genital, necesita un órgano en el que pueda
concentrar la estimulación, siendo el clítoris la única parte de su
cuerpo y de su aparato genital disponible para este propósito, órgano
comparable al pene aunque en desventaja, ya que carece de la cualidad de
penetración.
Durante el desarrollo sexual de la niña se combinan dos factores: por un
lado, sus instintos que son constitucionalmente menos activos y agresivos
que los del varón y, por otro, existe un número suficiente de
componentes activo-agresivos en la vida de fantasía de la pequeña, que
se apoyan en la idea de que su órgano genital es insuficiente para su
satisfacción. Por lo tanto, la niña se encuentra con frecuencia
"sin órgano" durante esta fase de su desarrollo libidinal.
Según Deustch, la "envidia fálica" no es un factor primario
sino secundario. Por lo que, al comprobar lo inadecuado de su órgano, su
reacción no es la envidia sino que transforma sus deseos
activos-agresivos en pasivos o según esta autora: desarrolla una
actividad dirigida hacia adentro. El órgano sexual correspondiente a
estas tendencias es la vagina, a la cual la niña desconoce, en tanto no
percibe ninguna excitación vaginal hasta la pubertad.
La niña experimenta entonces -según esta autora- dos veces, durante su
desarrollo sexual infantil la falta de un órgano apropiado. Estos dos
acontecimientos configuran el denominado "trauma genital".
La niña, en la fase fálica, se encuentra obligada a interiorizar sus
intereses en un sentido somático. Poco a poco, renuncia a sus reacciones
emocionales vinculadas con la falta de pene y su vida de fantasía se
"feminiza". Esto significa que sus intereses se dirigen,
gradualmente, hacia la idea del bebé, alcanzando una fase precursora de
la futura maternidad.
Aunque las contracciones vaginales se perciben claramente en la pubertad,
el clítoris continúa siendo un órgano central, en este período de la
vida. El despertar a un funcionamiento sexual completo depende totalmente
de la actividad del hombre, constituyendo la vagina el centro de la
excitación espontánea, sólo en aquellas mujeres que ya hubieran
atravesado por experiencias sexuales directas.
Deutsch sostuvo que el rasgo característico del deseo erótico y su
contenido inconsciente, en las jóvenes, es la expectativa de la
experiencia sexual, distinta de la maternidad. Sus deseos son tan
diferentes de las manifestaciones afectivas de la maternidad que se ve
obligada a aceptar la oposición entre sexualidad y erotismo, por un lado
e instinto reproductor y maternidad, por el otro. Sólo más tarde y
gradualmente, tal vez cuando ya ha tenido lugar la primera experiencia
sexual, ambas tareas se habrán de enhebrar íntimamente.
Si bien la autora señaló que la maternidad no es el único destino
posible para la mujer y que, hasta incluso la sexualidad y la maternidad
constituyen muchas veces polos contradictorios, no deja de suponer una
raíz biológica a la tendencia maternal y afirmó que la sexualidad y la
maternidad se funden, en lo más profundo del inconsciente y del alma.
II- Melanie Klein
Postuló que el miedo más profundo de la niña es al "robo y
destrucción del interior de su cuerpo". Sostuvo que como resultado
de la frustración oral que experimenta en la relación con su madre, la
niña se orienta hacia el padre, específicamente hacia su pene como
objeto de gratificación oral. A partir de esto, la niña desarrolla
fantasías en las que su madre introduce en su cuerpo el pene del padre y
le da a él sus pechos, fantasías que conforman el núcleo de las
"teorías sexuales tempranas" que producen, en la pequeña,
sentimientos de envidia y odio, al sentirse frustrada por ambos padres, ya
que en esta etapa tanto niños como niñas, creen que es el cuerpo de la
madre el contenedor de todo lo deseable, fundamentalmente el pene del
padre.
Esta teoría sexual aumenta el odio hacia la madre, contribuyendo a la
producción de fantasías sádicas referidas a atacar y destruir el
interior de la madre y privarlo así de su valioso contenido.
Klein sostuvo que las tendencias edípicas de la niña se inician con sus
deseos orales por el pene del padre, que ya se acompañan de impulsos
genitales.
Describió dos fases del desarrollo libidinal: a) la posición
esquizo-paranoide y b) la posición depresiva. Esta última comienza con
el reconocimiento del bebé a su madre como objeto total. Se produce así
una integración del objeto y del yo, al mismo tiempo que un reforzamiento
de los impulsos uretrales, anales y genitales. Al integrarse los afectos
positivos y negativos hacia el objeto surge la "ambivalencia"
hacia el mismo e intenta buscar otro objeto de satisfacción, que es
hallado en el padre. Se instala entonces el comienzo del "complejo de
Edipo temprano" y la relación fantaseada con el pene sustituye la
primitiva relación con el pecho.
La "ecuación pene-pecho" activa las cualidades oral-receptivas
del genital femenino, a una edad temprana y prepara la vagina para recibir
al pene.
Klein coincidió con Freud en dos puntos: la niña quiere tener un pene y
odia a la madre por no habérselo dado. Sin embargo, para ella, lo que la
niña desea no es poseer un pene como atributo de masculinidad sino
incorporarlo como objeto de gratificación oral.
Esta situación de odio temprano hacia la madre conduce a la niña hacia
el deseo de destruir el interior del cuerpo materno y apoderarse del
anhelado contenido. Como consecuencia, surge el temor a la
venganza/retaliación correspondiente -por parte de su madre- y la
creencia de encontrarse expuesta a ser destruida interiormente.
Los ataques dirigidos al cuerpo de la madre provocan, en la pequeña, un
fuerte sentimiento de culpabilidad. Por esto, debe reparar el cuerpo
materno y esta reparación resulta así el fundamento del proceso de
sublimación femenino.
Si bien ambos sexos temen a la "retaliación", mientras el niño
puede verificar la nulidad de sus temores, al comprobar que no ha sido
castrado, en cambio la niña, al carecer de un pene visible, será el
clítoris el que recibirá las investiduras rechazadas de la vagina.
Klein consideraba que la ansiedad de la niña se relaciona con el interior
de su cuerpo, explicando por qué en su primera organización sexual, el
papel de la vagina queda encubierto por la actividad del clítoris. La
autora sostuvo que todas las niñas, al menos inconscientemente, tienen un
muy precoz conocimiento de la vagina pero éste es rechazado por ser
interior y la niña teme a todo lo que se relaciona con su interior.
El clítoris tendría la función conductora de estimular, vía
propagación excitatoria hacia la vagina. Tanto los impulsos uretrales y
anales como los genitales conducen hacia la producción de sensaciones y
fantasías vaginales. Las sensaciones que las acompañan presentan un
carácter femenino específico, por lo que la niña desearía incorporar
el pene del padre y adquirirlo como una posesión interna. Es en este
punto donde habrá de instalarse el deseo de "tener un niño con el
padre". El no poder consumar directamente estos impulsos y las
fantasías que los acompañan, la impulsan a efectivizarlos, a través de
la actividad lúdica y del lenguaje (procesos de sublimación y
simbolización).
Klein postuló que -después de abandonar la "fase fálica"- la
niña pasa por una "etapa post-fálica", en la que tanto puede
sostener la posición femenina alcanzada como abandonarla. Al ingresar en
el "período de latencia", esta posición femenina -de carácter
pasivo y maternal- y que involucra el funcionamiento de los representantes
psicológicos de la vagina, ya ha logrado su establecimiento.
III- Ernest Jones
En su artículo "La fase precoz del desarrollo femenino"
(1927) Jones consideró que detrás del miedo a la castración se percibe
-en ambos sexos- el temor a la abolición total y definitiva de la
sexualidad, a lo que él denomina "afanisis". La representación
de la pérdida del pene sería un aspecto más de este temor fundamental.
El miedo a la "afanisis" se manifiesta de distinta manera en
cada sexo. En la mujer se expresa bajo la forma de una separación, de lo
que se deriva el temor a ser abandonada, ya que la mujer es más
dependiente del hombre para su satisfacción sexual. Afirmación que,
obviamente, corresponde a Jones.
Coincidía con Klein en la existencia de un pasaje directo de la oralidad
hacia el "complejo de Edipo". La niña, decepcionada por el
pecho, imagina un objeto "pene-pezón" más satisfactorio,
fantasía que constituye el punto de partida de su intenso vinculo con el
padre.
Distinguió entre una "envidia del pene autoerótica,
preedípica" y otra "erótica y edípica". Entre la envidia
y el deseo de pene, lo que se manifiesta en el deseo de compartir su
posesión en una relación anal, oral o vaginal. La masturbación
clitorídea es un modo de satisfacción sustitutiva.
La "envidia del pene", el deseo de poseerlo, es una defensa
regresiva ante el deseo prohibido de un pene en un acto sexual con el
padre edípico. Se trata ya de una posición femenina acabada.
La culpabilidad y la instauración del superyo constituyen la principal
defensa ante la frustración edípica, que despierta el temor a la
"afanisis". Ante la niña se presentan dos caminos posibles: a)
cambiar de objeto y b) cambiar de deseo. Al renunciar al padre o a la
vagina habrá de producirse un desplazamiento de su interés libidinal por
el padre hacia otros hombres o quedará ligada a él, según el modelo de
la identificación ("complejo de masculinidad").
El "complejo de Edipo" en la niña entra en juego cuando ésta
registras que aquello que ella desea está retenido por la madre, lo que
la convierte en su rival.
Según Jones, el deseo de "tener un hijo" es primario y objetal.
La pequeña desea, ante todo, incorporar un pene y tener un hijo, el cual
no viene a sustituir al deseo irrealizable, con fines narcisistas, de
poseer un pene propio.
IV- Karen Horney
Planteó la cuestión de si la insatisfacción ante el rol sexual
femenino que resulta de la "envidia del pene" constituye,
realmente, el fundamento del "complejo de castración" en la
mujer. Su respuesta es que la estructura anatómica de los genitales
femeninos tiene una gran significación, para el desarrollo mental de la
mujer.
Horney sostiene que es indiscutible que la "envidia del pene"
condiciona las formas, en las que el "complejo de castración"
se manifiesta y le parece inadmisible la deducción, según la cual, el
"repudio de la feminidad" se fundaría en esa envidia.
Por el contrario, observa que la "envidia del pene" no excluye
en absoluto un apego amoroso profundo y femenino hacia el padre y que
solo, cuando esta relación se enfrenta al "complejo de Edipo",
desemboca en un rechazo del rol sexual de la mujer.
Afirmó que las observaciones de ginecólogos y pediatras y su propia
observación clínica, indican que, en la infancia, la masturbación
vaginal es tan común como la clitorídea y que aunque la niña suele
preferir la última, las sensaciones genitales espontáneas que
experimenta, resultan de una excitación sexual general, que se localiza
frecuentemente en la vagina. Del mismo modo, formuló que la ansiedad más
profunda que surge de la masturbación, en la mujer el temor resulta el
efecto de haber sido incapacitada para tener hijos, lo cual hace
referencia al interior del cuerpo más que al clítoris.
Por otra parte, sostuvo que las "fantasías de violación" -que
surgen previamente a la consumación del acto sexual- aún antes de la
pubertad, no pueden explicarse si no se reconoce la existencia de una
sexualidad vaginal. Para Horney, el camino que recorren las "teorías
sexuales infantiles" se encuentra pre-determinado por los impulsos y
sensaciones orgánicas, que experimentan de manera espontánea. Estas
sensaciones vaginales y los impulsos que de ellas proceden implicarían
que algo debe penetrar en esa parte del cuerpo.
Horney sostuvo que -con frecuencia- todo aquello relacionado con la
vagina, el conocimiento de su existencia, las sensaciones vaginales y los
impulsos instintivos, habrán de sucumbir a una represión implacable.
Además la niña concibe y mantiene, durante largo tiempo, la idea acerca
de la no existencia de la vagina Fantasía que -al mismo tiempo- determina
la preferencia por el rol sexual masculino. Para esta autora, cuando la
niña se refugia en la posición masculina su ansiedad genital significa
también, en términos masculinos: el temor a una lesión vaginal que se
convierte en "fantasía de castración", la cual se asocia con
el antiguo sentimiento de culpa y se desea el pene como prueba de
inocencia. Debido a su estructura anatómica, la pequeña no puede saber
realmente cuál habrá de ser el efecto de la masturbación, a diferencia
de los varones, quienes al experimentar la misma ansiedad siempre pueden
cerciorarse de que su órgano genital se conserva intacto.
Horney subrayó el valor de los factores culturales y afirma que éstos
modelan y deforman la verdadera naturaleza de la mujer. Consideró que,
desde el punto de vista de la lucha social y de la situación histórica,
la maternidad se presenta como una desventaja para la mujer pero, desde el
punto de vista biológico, la mujer posee -desde su capacidad para la
maternidad- una superioridad fisiológica absolutamente incuestionable.
Afirmó también que, para la niña, la realización de su deseo de tener
hijos está demasiado lejana como para conformarla todavía con su rol
femenino.
FEMINIDAD, SEXUALIDAD FEMENINA, LO FEMENINO
Es conveniente definir las grandes y sutiles diferencias entre la
feminidad, la sexualidad femenina y lo femenino, tal como lo describiera
Leticia Glocer de Fiorini en su texto "Lo femenino y el pensamiento
complejo" (2001), lo cual implica reconocer dominios divergentes
sobre los que se sustenta la posición femenina, así como también los
espacios de conjunción-disyunción entre ellos:
"...La feminidad pertenecería al campo de las identificaciones
concernientes a los ideales de género..."
Previo al reconocimiento de la diferencia de los sexos la niña ha de
reconocer una diferencia, transmitida por la madre, en tanto
"portavoz" (Aulagnier, P., 1975). Su mundo identificatorio
comienza a organizarse a partir de los ideales de género.
"...La sexualidad femenina estaría en el orden del deseo y la
elección de objeto..."
Implicaría el proceso de individuación y discriminación que se inicia
con el "complejo de castración", la caída de la "madre
fálica" y la aceptación de la "falta" en tanto diferencia
y no como carencia.
Lo postulado por Glocer de Fiorini como: "...Lo femenino en el campo
de lo arcaico, lo materno, común a ambos sexos... ", se
relacionaría con lo más primitivo del orden de lo vincular, lo
irrepresentable.
Tiempo neutro, donde por momentos el objeto es parte del yo que lo ha
creado y, por otros, le es un extraño absoluto y, simultáneamente, lugar
de lo originario, desde donde el ser psíquico advendrá -para que el
infans deje de ser tan sólo un viviente inmerso en las vicisitudes de la
pura sensorialidad- y comience a existir, habitando un
espacio-tiempo-deseo propio.
"Lo femenino" habrá de ser una cualidad común a ambos sexos
pero que se expresa diferente según se trate de mujer/hombre. Entonces
¿por qué ubicar "lo femenino" como condición solo intrínseca
a la mujer, si se trata de una cualidad común a ambos sexos? Considero
que, fundamentalmente, se produce este deslizamiento en razón de un
observable, encarnado por los aspectos primordiales de la arcaica
relación constitutiva. Aspectos fusionales que promueven la confusión
conceptual entre madre-mujer.
I. LA FEMINIDAD
¿Feminidad primaria o secundaria?
El debate acerca de si la feminidad es primaria o secundaria, ha
dividido a los diferentes autores a lo largo de la historia del
psicoanálisis. Por un lado se encuentran los que siguen a Freud en su
idea de un monismo fálico en la infancia, y aquellos que se apartan del
freudismo, sosteniendo la precocidad y anterioridad de una posición
claramente femenina en la niña pequeña, tal como lo postularan Melanie
Klein y sus discípulos.
Los ejes, sobre los que se han asentado las diferencias teóricas, son
básicamente los siguientes: conocimiento versus no conocimiento de la
vagina, la simultaneidad de los impulsos orales y genitales, los deseos
tempranos dirigidos al pene del padre y el conocimiento precoz de la
diferencia de los sexos y del intercambio sexual entre los padres.
Se ha intentado integrar la información obtenida de la observación
directa de niños con datos extraídos de la teoría psicoanalítica. La
observación directa confirma lo planteado por Horney y Jones acerca de
una temprana divergencia entre la evolución femenina y la masculina.
Recordemos que estos autores dieron prioridad a la anatomía, a las
percepciones y a las sensaciones genitales como únicos determinantes del
desarrollo de la femeneidad y masculinidad. Pienso que sólo priorizar
estos aspectos limita la complejidad del desarrollo y la constitución de
la femineidad y cercena la comprensión del concepto de género, ya que
masculinidad y feminidad -nociones distintas del concepto biológico
hombre y mujer- son constructos modelados en los primeros años de vida.
Emilce Dio Bleichmar, en su libro "El feminismo espontáneo de la
histeria" (1985), señala que la importancia de la articulación del
concepto de género para la teoría de la feminidad consiste en situar la
feminidad como un atributo del Yo, superando el debate acerca de la
importancia o no del conocimiento precoz de la vagina como fundamento
imprescindible de la construcción de la feminidad.
Esta misma autora describe a la identidad de género nuclear como el
esquema ideo-afectivo más primitivo, conciente e inconsciente al mismo
tiempo, de la pertenencia a un sexo y no al otro, relacionada
fundamentalmente con el sexo asignado por los padres, el cual no siempre
se corresponde con el sexo biológico.
La identidad de género nuclear colabora en ordenar las fantasías que se
relacionan con la sexualidad, pues esta identidad se consolida en un
tiempo anterior al conocimiento del niño de la diferencia anatómica de
los sexos y al ingreso a la "fase fálica". Posteriormente, los
genitales externos la habrán de confirmar y de simbolizar.
Los inicios de la identidad de género están ligados con el desarrollo de
la identidad del "sí mismo". Es por esto que Dio Bleichmar
postula que la identidad de género precede evolutivamente al desarrollo
de las diferentes fases de la sexualidad y colabora con su organización.
La pertenencia a un género supone su propia sustentación en el sistema
de ideales narcisistas del sujeto, "yo ideal-ideal del yo".
Desde los momentos iniciales de la vida, el infans es identificado por
ambos padres, por lo que desde entonces el par masculino-femenino va
operando, interviniendo en la constitución de los ideales en tanto
creencia en la pertenencia a un determinado género, lo que no
necesariamente implica que tal identidad de género (por ejemplo:
heterosexualidad) se consolide definitivamente.
a. Feminidad primaria
La feminidad primaria se estructura en la temprana relación
madre-hija, por la identificación primaria y/o especular a la madre, a
quien la niña conocerá, nombrará y definirá empleando el mismo
discurso cultural por el cual se conocerá, nombrará y definirá a ella
misma. Este discurso no será otro que aquél con el que la madre se
define a sí misma e identifica a su hija como su doble. Tiempo durante el
cual, lo que caracteriza a la mujer es considerado por la niña como
ideal. Será por esta valoración estrictamente fantasmática que la
femeneidad primaria se constituirá para la niña en el núcleo de su Yo
Ideal.
La más temprana relación Yo-otro ha sido categorizada por Freud en
términos de identificación primaria. Laplanche y Pontalis, la definen
como el "... modo primitivo de constitución del sujeto sobre el
modelo del otro, que no es secundario a una relación previamente
establecida en la cual el objeto se presentaría desde un principio como
independiente. La identificación primaria está en íntima correlación
con la relación llamada incorporación oral...". Se trataría de
"... una identificación directa e inmediata, que se sitúa antes de
toda catexis de objeto..."
Desde estos momentos fundantes, desde las primerísimas incorporaciones
orales con la madre, la niña va construyendo las primeras
representaciones de sí misma.
Creo importante subrayar que las identificaciones que marcan una
pertenencia femenina o masculina en el registro del Yo Ideal, son siempre
anteriores al conocimiento de la diferencia de los sexos y al desarrollo
de la sexualidad femenina pero, a su vez, son también siempre
consecuencia del reconocimiento efectivizado por ambos padres. Desde esta
perspectiva, es posible pensar que la diferencia masculino-femenino en el
registro del Yo Ideal, es significada como una creencia de pertenencia,
que se funda en la fantasmática y el discurso parental.
En "Psicología de las masas y análisis del yo" (1921) Freud
afirmó: "... El psicoanálisis conoce la identificación como la
más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona.
Desempeña un papel en la prehistoria del complejo de Edipo. El varoncito*
manifiesta un particular interés hacia su padre; querría crecer y ser
como él, hacer sus veces en todos los terrenos. Digamos, simplemente:
toma al padre como su ideal. Esta conducta nada tiene que ver con una
actitud pasiva o femenina hacia el padre (y hacia el varón en general);
al contrario, es masculina por excelencia. Se concilia muy bien con el
complejo de Edipo, al que contribuye a preparar...Contemporáneamente a
esta identificación con el padre, y quizás antes, el varoncito emprende
una cabal investidura de objeto de la madre según el tipo del
apuntalamiento. Muestra entonces dos lazos psicológicamente diversos: con
la madre, una directa investidura sexual de objeto; con el padre, una
identificación que lo toma por modelo. Ambos coexisten un tiempo, sin
influirse ni perturbarse entre sí. (...) Es fácil expresar en una
fórmula el distingo entre una identificación de este tipo con el padre y
una elección de objeto que recaiga sobre él. En primer caso el padre es
lo que uno querría ser; en el segundo, lo que uno querría
tener..**."
Todo niño está potencialmente capacitado para establecer la diferencia
de género de los padres: el papá es un hombre y la mamá es una mujer
pero esta distinción no sería sexual. Es por eso que Freud insistió en
remarcar la diferencia que existe entre la identificación con el padre y
la elección de éste como objeto sexual. En el primer caso se trataría
de aquello "que uno querría ser" y en el segundo de aquello
"que se querría tener".
Si el padre es su ideal, a quien se quisiera parecer, se habrá de
efectuar una identificación al "semejante". Hombre-padre al que
se quiere imitar, lo que nos conduce a pensar que en la "fase
preedípica" un ideal de género se organizará, como prototipo, al
cual tomar como modelo y con el cual el Yo tendería a conformarse, según
ese patrón.
La niña vive el paraíso de ser igual al ideal, con quien -en virtud de
la estructura narcisista de la organización de su Yo- se tenderá a
fusionar y confundir.
Cuando la niña juega a dar de comer a un muñeco, escenifica el
transitivismo que persiste en la relación con su madre. Ella es la mamá
y el muñeco es ella misma, transformando en activo aquello que ella
vivenció pasivamente: ser el bebé que recibe, no poder moverse o
alimentarse por sus propios medios. Simultáneamente, la niña va siendo
instruida acerca de que estas transformaciones de la pasividad a la
actividad, se adecuan placenteramente a lo que todos (madre, padre y
familia) esperan de ella: una verdadera niña que ya es toda una mamá que
alimenta, manteniendo la unidad, en la continuidad de género. Estos
aplausos a su identificación con la madre la confirman -una y otra vez-
en el género asignado al nacer, lo que reforzará su propio deseo de ser
igual a su ideal, la madre.
En la fase preedípica existe en las niñas un ejercicio activo de la
feminidad, a través del juego y/o la fantasía, de aquellos aspectos
esenciales del rol de género femenino, entre los que se halla la
maternidad.
Las condiciones de maternalización de nuestra cultura aseguran, para la
niña, la provisión de un modelo que conduce a la estructuración de un
"Yo Ideal femenino primario" (Bleichmar, E. D.,1985). Al ser la
madre-mujer el objeto primordial de todo viviente, se garantiza así para
la niña, la adquisición de los caracteres inherentes al género femenino
en el proceso mismo de organización del Yo.
En relación a la feminidad, o sea, al género, la niña no tiene que
cambiar de objeto, el objeto primario es el de la identificación de su
género. Este proceso se realiza, desde el comienzo de la vida, por una
doble vía: por el efecto de anticipación que ejercerá el discurso
materno al "mirarla" como su igual y, en simultáneo, por la
identificación primaria de la niña con su madre, ideal todopoderoso. El
desenlace edípico podrá reforzar o modificar este proceso.
Por lo tanto, la niña no cambia de objeto para el establecimiento de su
identidad femenina, proceso por el que sí deberá transcurrir para la
organización de su heterosexualidad. El varón, en cambio, conservará a
la madre como objeto de su elección para el establecimiento de su
heterosexualidad, pero deberá cambiar de modelo para la construcción de
su masculinidad.
En "La sexualidad femenina", Emilce Dio Bleichmar sostiene,
acerca de la feminidad primaria de la niña, que se halla constituida en
torno a la función maternal, a la constitución de su subjetividad que
incluye deseos de cuidar la vida de las personas, al despliegue yoico de
acciones y comportamientos del rol femenino, cuyo investimiento libidinal
pasa por el ensayo y la anticipación de estas actividades. Éstas, a su
vez, dan lugar al desarrollo específico de facultades o atributos
cognitivo-afectivos, que retroactúan sobre los deseos y los amplían.
Sostiene que se trata de una feminidad de carácter simbólico y
tempranamente atravesada por el complejo entramado del sexo-género de los
padres.
Esta organización del conjunto de su subjetividad establece un primer
significado de la distinción humana entre iguales y diferentes, entre el
yo y los otros, que se funda en lo que aparece como diferente para la
niña en torno a la parentalidad, a la diferenciación de los géneros, al
conjunto de atributos que caracterizan a la madre como distinta al padre
(comportamientos, vestimenta, etc.), entre los que se hallan los
caracteres sexuales secundarios, no así los genitales y sus funciones.
b. Feminidad secundaria
Tiempo después, al constatar la niña que no es ella quien satisface
la demanda de la madre, en tanto mujer, y que el deseo de esta madre se
dirige hacia un alguien que detenta el "órgano-símbolo" que
ese deseo busca, se constituye para la niña el momento privilegiado de su
propia castración-separación de la madre arcaica.
Al producirse la crisis del descubrimiento de la separación, la niña
sufre una doble decepción: la de su madre y la de ella misma. Colapso
narcisista que ataca su ideal femenino primario, que de idealizado,
totalizador y pleno, se convierte en una condición deficitaria e
inferior.
Ahora bien, si esta transformación es posible se debe a que el núcleo de
la identidad de género se encuentra adecuadamente establecido.
La niña necesita apropiarse de ciertos aspectos de su madre, primero para
"ser" y luego para "ser femenina".
El descubrimiento de la castración pone en tela de juicio el papel
narcisizante de la madre, es ahora del padre del que se espera esa
valoración.
Es en esta encrucijada desde donde se lleva a cabo la separación de la
madre, a la que reconoce incompleta, en tanto demanda al padre-hombre lo
que su deseo le exige. De este modo, lo que la madre reivindica es ser el
objeto de deseo del padre y es esto lo que la niña comenzará a
valorizar, para constituirse en mujer.
El padre se oferta así como un "objeto nuevo", que la libera de
aquella dependencia con la madre primordial, momento en que la
omnipotencia materna se transfiere ahora al padre. El pene que el padre
posee y la madre no, pasa a convertirse en símbolo de potencia y
perfección.
La castración no se refiere al mero hecho anatómico de un sexo con un
miembro y otro no, sino a hechos simbólicos cuya materialidad y
significación, si bien no son del todo visibles y es necesario
aprehenderlos e interpretarlos, no dejan de producir unos profundos
efectos. Estos hechos conforman condiciones de estructura, que se
simbolizan en la castración y en el poder no absoluto de la madre y su
deseo: necesita del padre-hombre para su goce.
La constatación de la desigual valorización del género femenino es una
condición importante agregar a la lista de determinaciones subyacentes al
fantasma de la castración.
Dice Dio Bleichmar: "... creemos que la principal consecuencia
psíquica del complejo de castración para la niña es la pérdida del
ideal femenino primario. El colapso narcisista que sufre en su desarrollo
no se limita a la serie anatómica;
inferioridad-uretral-sexo-femenino-incompetente-para satisfacer-a la
madre, sino que es expuesta a un continuo, permanente y poderosísimo
proceso social de depreciación de su género, que comienza en la primera
infancia y que cobrará mayor intensidad en la latencia y
adolescencia..."
Por ello, a partir de la constitución del complejo de castración y de la
construcción del "Ideal del Yo", es posible postular la caída
del "yo ideal femenino", que funciona a manera de separación y
desidentificación en búsqueda de un referente fálico.
El "complejo de castración" permite la desidealización tanto
de la madre como del infans, al quedar desposeídos de los atributos de
aquella supuesta perfección, completud y autosuficiencia de los comienzos
de la vida. A su vez, la crisis -efecto de la castración- no altera el
género sino que lo consolida. Pero simultáneamente compromete, organiza
y define el destino de la sexualidad femenina, ya que el complejo de
castración orienta y normativiza el deseo sexual. La pequeña buscará o
no a su padre como objeto sexual, encontrando o no su salida heterosexual.
El fantasma de la feminidad de los padres en tanto cómo "debe
ser" y "desean que sea" la niña que están criando y
cuáles han de ser sus posibles destinos como mujer, juega un papel
central en la conformación de valores de femeneidad de la niña.
La niña ingresa en el complejo de Edipo desde un lugar de supuesta
imperfección que la coloca al borde de percibirse, a sí misma como un
desecho. Igualada con una madre a la que ahora desvaloriza e
imposibilitada de satisfacerla, intentará rehacer con su padre el
perfecto vínculo que tenía hasta ahora con su madre. El cuerpo femenino
adquirirá una nueva erotización en el contacto con el padre, ya que el
amor que le brinda y el placer con el que la mira, si bien están lejos de
satisfacer las expectativas de la pequeña, permitirían reconstruir su
herida narcisista.
Freud ya señalaba las diferencias del "complejo de Edipo" en el
varón y en la niña. Para ella, dicho complejo se pone en marcha a partir
de la crisis de la castración y su resolución se prolongará durante el
tiempo de la latencia en lugar de clausurarse al comienzo de la misma, tal
como ocurre en el varón. La niña tiene entonces una doble empresa
narcisística para resolver, a partir del complejo de castración: por un
lado, reelaborar su femeneidad, ya que el "ideal femenino
primario" ha caído, debiendo constituir otro, y por el otro, la
narcisización de su género, en tanto la sexualidad femenina posee un
valor no totalmente calificado en la cultura a la que ella accede.
Dio Bleichmar diferencia el "ideal del género primario" del
"secundario". Mientras el primero tiene un carácter
imaginario-individual, el segundo se caracteriza por la sujeción a la
moral y a las convenciones sociales.
El Ideal del Yo, en tanto estructura intrapsíquica, se ve afectado por
factores evolutivos y sociales. El Ideal del Yo del género es una
subestructura que forma parte del conjunto global de ideales, recibiendo
las influencias de los cambios que se establezcan en este sistema.
Las estructuras psíquicas y sus transformaciones han sido estudiadas
desde un único modelo, el del varón, de ahí que se defina
universalmente que la evolución que va del Yo Ideal al Ideal del Yo, se
desliza desde la máxima autoidealización hacia una progresiva
regulación del narcisismo. Este principio no es válido para el
desarrollo de la niña, ya que no sólo la evolución recorre un trazado
que va desde una máxima idealización hasta la abrupta caída en un
máximo colapso, sino que luego es necesario una interminable labor de
reactivación del narcisismo, sea capaz de restituir la femeneidad a la
categoría de Ideal del Yo a alcanzar.
En resumen, en la niña el "complejo de castración" desintegra
su "Yo Ideal femenino primario", fundando un largo período, el
de la latencia, en el cual se asistirá a un proceso de devaluación y de
reconstrucción de su narcisismo, debiendo construir un Ideal del Yo
femenino, que incluya no sólo la oposición fálico-castrado, sino
también, el rol social de la mujer en la cultura (rol conflictivo, sujeto
a una gran movilidad y ambiguamente valorado) y la moral sexual que
legisla sobre ese rol.
II. LA SEXUALIDAD FEMENINA
Las teorías acerca de la sexualidad femenina y las de género han sido
revisadas, desde los tiempos de Freud hasta hoy, en múltiples ocasiones.
Se produjeron entonces una serie de cambios teóricos, que se
desarrollaron en paralelo con las sucesivas transformaciones sociales en
relación a la sexualidad femenina.
Freud postuló una cierta cualidad "hiposexual" femenina en
relación con la sexualidad masculina, en razón que él consideraba que
la niña debía cambiar tanto de objeto (de la madre al padre) como de
órgano (del clítoris a la vagina) y alcanzar y atravesar por la
decepción de sus propios genitales.
Desde esta perspectiva, la "envidia del pene" era -para este
autor- decisiva para el desarrollo e instalación de la evolución sexual
normal femenina, en tanto era la responsable del alejamiento que la niña
debía efectivizar de su madre, para así acercarse a su padre.
Freud consideraba que esta doble tarea generaba, como efecto, una
inevitable disminución de la intensidad libidinal y, por lo tanto,
explicaba la anorgasmia de sus pacientes.
De todos modos, aún en aquellos tiempos de los inicios del
Psicoanálisis, no fueron pocos los investigadores y teóricos que
lograron identificar y postular una cuestión cultural -que accionaba como
telón de fondo promotor de las dificultades sexuales femeninas- que
apuntaban a focalizar las generalizadas interdicciones culturales,
dirigidas hacia la condición femenina.
En la actualidad, ya son muy pocos los que continúan sosteniendo que la
verdadera sexualidad femenina sólo depende de alcanzar el "orgasmo
vaginal" sino que se reconoce que el placer sexual femenino está en
relación directa con la adecuada estimulación de las correspondientes
zonas erógenas, singulares en cada mujer, en particular el clítoris,
labios menores e introito vaginal. Este reconocimiento es, sin duda,
consecuencia del levantamiento de las restricciones impuestas por la
estereotipada consideración de la sexualidad femenina del siglo XIX y, en
la cual, se acentuaban los mecanismos represivos para promover las
inhibiciones sexuales femeninas, fundadas en la intimidación masculina.
"...yo quería afirmar mi libertad
ante las mujeres, lo cual era cómico
porque era yo el que corría detrás
de ellas. El Castor aceptó esa
libertad y se la quedó para sí..."
Sartre, J.P., "Cartas al Castor", (1936-1939)
A medida que se fue produciendo la llamada "liberación
femenina" fue posible comenzar a cuestionar las diferencias entre la
sexualidad femenina y masculina. Ya en 1949, Simone De Beauvoir
consideraba que ambas sexualidades eran ineludiblemente diferentes.
"... siempre habrá entre el hombre y la mujer ciertas diferencias;
al tener una figura singular, su erotismo, y por lo tanto su mundo sexual,
no podrían dejar de engendrar en la mujer una sensualidad y una
sensibilidad singulares: sus relaciones con su propio cuerpo, con el
cuerpo masculino, con el hijo, no serán jamás idénticas a las que el
hombre sostiene con su propio cuerpo, con el cuerpo femenino y con el
hijo..."
El resultado de estas transformaciones produjo una significativa
redefinición del vínculo hombre-mujer y, al mismo tiempo, liberó un
potencial promotor de los cambios producidos no sólo en los hábitos
sexuales en los últimos 40 años, sino que han derivado también en
transformaciones que han trascendido lo estrictamente sexual, dando lugar
a profundas modificaciones culturales (nuevos modelos de familia,
neo-sexualidades, fertilizaciones asistidas, congelamiento de embriones,
entre otros tantos).
Si bien la sexualidad tiene una biología y unos límites biológicos no
se define completamente por éstos. Tanto el sexo como el género muestran
una variabilidad cultural e histórica que trasciende la historia
personal. Es, en este sentido, que el género da forma a la expresión de
la sexualidad, dentro de los límites de carácter biológico.
Considero útil, en este punto, distinguir entre los diferentes
componentes de la sexualidad: el comportamiento sexual, la primacía del
tipo de sexualidad y el erotismo. Todos ellos, aspectos variables, en los
que difieren ambos sexos.
a) Comportamiento sexual: se relaciona con aquellas características
formales, observables, mensurables y relativamente objetivas. En esta
área resulta un observable la influencia de lo biológico. Entre las
muchas investigaciones al respecto cobran relevancia los trabajos de
Master y Johnson (1969) quienes han investigado, exhaustivamente, las
semejanzas/diferencias, en el ciclo de respuesta sexuales de hombres y
mujeres.
b) La primacía del tipo de sexualidad: se relaciona con la
investigación de la sexualidad como eje princeps en la constitución de
la personalidad y el modo en que se vincula con la constitución de la
identidad sexual.
La cuestión vinculada a que durante el acto sexual cada individuo es
tanto el sujeto que desea como el objeto deseado es uno de los elementos
responsables del logro de la identidad sexual. Logro complejo y esquivo, a
la vez. Mientras que las identificaciones, en tanto sujeto como objeto,
juegan un rol singular en los procesos de construcción de la identidad
sexual, se habrá de producir la relevancia de una u otra posición, de
modo fundante en esta constitución identitaria sexual.
c) El erotismo: se incluye tanto dentro del territorio de lo subjetivo
y psicológico como del deseo y la excitación sexual, del modo en el que
son vivenciados. Se trata de una dimensión de la experiencia humana, que
se relaciona con lo sexual, en conjunción con todo lo
vivenciado/experienciado.
Es cierto que es un observable, en la vida cotidiana, que muchas
fantasías de las mujeres, están impregnadas por la forma masculina de
alcanzar el orgasmo. Esto no implicaría que el goce de un órgano, como
el pene, esté censurado en la satisfacción sexual femenina. Algunas
mujeres pueden alcanzar sus orgasmos logrando su localización y hasta
pasibles de ser mensurados, vía secreciones/lubricaciones fisiológicas.
Pero si la mujer quedara atrapada -en este modo particular masculino de
experimentar su placer sexual- estaría descalificando una porción
esencial de su propio erotismo e inhibiendo también sus propios quantum
libidinales. Mientras la mujer se cuestione acerca de su propio placer
sexual se garantiza el cuestionamiento acerca de su propia femeneidad.
La particular constitución biológica de la mujer facilita la difusión
de la descarga orgásmica por toda la superficie corporal. Si bien carece
de un órgano/pene tan visible como el del varón, las zonas erógenas
femeninas se distribuyen por las diferentes partes del cuerpo, de modo
estable y/o alternante. Por esta cualidad del cuerpo femenino es
imprescindible desligar, en las investigaciones acerca de la sexualidad
femenina, el concepto de zona erógena de localización anatómica alguna.
La erogeneidad, precursora de todo erotismo, dependerá de la
significación que el cuerpo erógeno primitivo haya recibido de su
entorno parental así como de su propia capacidad de significarlo, en los
diferentes momentos del ciclo vital por el que cada mujer atraviesa.
El privilegio de la sexualidad femenina consiste en que, al no tener que
cumplir con los requerimientos fisiológicos que el pene masculino demanda
para la consumación del acto sexual (ausencia del fantasma de la
impotencia siempre latente), le permite transcurrir por unas diferentes
formas de goces imprecisos, efectos de la sumatoria de sus diversas
erogeneidades.
Pero, si bien el cuerpo femenino es obviamente un cuerpo diferente del
masculino, donde sus erogeneidades se juegan de unos modos no visibles,
también es portador de fantasmas propios. La historia de su sexualidad
(tal como ya lo he señalado) fue marcada por el "no tener"
pero, en verdad, sus experiencias de pérdida, de "carencia", de
"castración" se refieren a situaciones muy diferentes del
"carecer de un órgano". Me refiero a experiencias intrínsecas
al cuerpo de la mujer: menarca, menstruación, parto, puerperio,
lactancia, climaterio...
Considero que cuando Freud nominó a la sexualidad femenina como
"continente negro" y a la mujer como "un ser incomprensible
y enigmático" se estaba refiriendo también a la carencia de
palabras para definir las cualidades de la erogeneidad humana. Se refería
a "lo inefable". Con el transcurrir del tiempo, Freud fue
desistiendo de encontrar los signos de semejanza entre la sexualidad
femenina y la masculina. Por ello, postuló que la sexualidad femenina es
un misterio. Misterio de saber qué quiere una mujer, que al no haberlo
podido descifrar él, lo dejaba para las mujeres psicoanalistas y los
poetas. ( Freud, S. 1931-1933 )
III. LO FEMENINO
Lo femenino remitiría a una atracción por aquello del orden de lo
reprimido primordial de las primeras impresiones sensorio motrices y su
contingente de fuerza pulsional no ligada. Como sabemos todo lo invisible
y lo penetrable tienden siempre a actualizar las primeras huellas
mnémicas. En este sentido las vivencias/ experiencias corporales
femeninas arrastran consigo más de "impensable" que las del
hombre, aunque sólo fuera por una incertidumbre perceptiva de aquello que
el sujeto femenino "ve y toca", que va reforzando su dependencia
de la mirada y del amor del otro... Esta dependencia remitiría siempre a
lo arcaico y a su necesidad de ser objeto de deseo.
Las vivencias corporales y su investidura narcisista previa al
conocimiento de la diferencia entre los sexos van calificando el interior
del cuerpo femenino, de un modo indisociable del discurso parental. La
investidura de sus órganos genitales externos tiene como antecedente
ineludible el efecto de las interacciones precoces, en las que la
"capacidad de ensueño" de la madre, su mirada, sus gestos,
hacen que el sujeto femenino experimente una experiencia sensorio-motriz
de una "interioridad" cualificada como buena o mala,
indisociable de la investidura de la madre de su propio interior.
La niña necesita apropiarse de ciertos aspectos de su madre, primero para
ser y luego para ingresar en el orden de "lo femenino", para
"ser femenina". Existe un gesto, anclado en lo somático que
imita un movimiento en espiral de la mano, observable en niños menores de
dos años. Se trata de un movimiento natural de apertura hacia el afuera,
partiendo de un punto central hacia el que también puede cerrarse. Este
gesto expresa la capacidad de apertura del sí mismo hacia el exterior y
la progresiva diferenciación del sentido del acceso hacia el afuera, sin
sentir el peligro del vaciamiento o del estallido. El punto de origen de
esta espiral parecería pertenecer al orden de "lo femenino".
Origen fantasmático en la misma "cavidad psíquica", que se
despliega como una puesta en forma del entrecruzamiento de los adentros.
Esta puesta en forma de lo interno conduce a la noción de moldeamiento.
La línea que queda trazada por este movimiento en espiral evoca también
la delimitación entre la capa interna y la externa de la piel, en tanto
punto límite del cuerpo. La capa interna promueve el despliegue de los
huecos de lo femenino en el interior del psiquismo de la mujer. Pero un
hueco no es ni una falta ni un vacío. Un hueco es una apertura hacia una
profundidad. Un espacio en sí mismo, susceptible de una actividad propia
y autónoma. Receptáculo-habitáculo femenino excitable desde donde brota
lo siniestro, lo no visible, el enigma.
La sexuación y el sexo de la mujer, por su íntima conformación como
pliegue interno podría conducir hacia la ya mencionada confusión entre
el ser, el hacer y el tener. Intento de des-conocer lo incognoscible de la
interioridad de lo femenino, en tanto, forma parte del "pasado
materno" pero también futuro vital.
Esta cuestión nos conduce ineludiblemente a la discriminación entre lo
materno y lo femenino porque, me reitero, a pesar de las semejanzas tanto
en sus características intrínsecas como en sus fines y necesidades, lo
femenino no es lo materno. La niña debe atravesar transformaciones
primordiales en su devenir mujer. Pasaje desde el género estrictamente
femenino a un estado de capacidad maternizante, que incluye las
imprescindibles modificaciones promovidas por la pubertad biológica.
Desde esta perspectiva lo materno es siempre efecto de lo femenino.
"Ser madre" no significa tener un hijo. Significa
"hacerlo" desde su propia carne, en un determinado tiempo y al
cabo del cual deberá desprenderse, único modo de habilitarlo para la
vida.
Winnicott atribuye a lo femenino la experiencia primaria de la
omnipotencia, en la que el objeto es vivido como creado porque es hallado,
fundamento esencial de la vivencia de ser.
( "Los orígenes de la creatividad", Winnicott, D. W., 1971)
De estas reflexiones se desprendería cómo lo verdadero del amor materno
implica la recreación de la castración. Lo materno conlleva que amar
verdaderamente al propio producto-hijo es permitirse perderlo como parte
de lo propio. Es verlo como diferente. Es asumir la transitoriedad que
guía, desde el comienzo, la ineludible renuncia a la completud
narcisista. Lo femenino remite siempre a poder ubicarse en el rol y la
función de la "madre fálica", sabiendo de antemano de lo
imprescindible de la salida de esa posición.
Amar es perder una ilusión de pertenencia/completud. Es reconocer al otro
como otro. Este es el punto de inflexión donde comienza el "amor
verdadero": en el reconocimiento de la incompletud/castración, que
remite tanto a no ser parte del otro como al no tener todo lo que se
desea.
La dificultad mayor con la que "lo femenino" se enfrenta, en su
rol materno, es el promover esa ilusión de totalidad que se vuelve
necesaria para la vida del hijo y, tiempo después, promover la
desilusión que conlleva el salir de esa completud, con la misma facilidad
con la que se ingresó.
A MODO DE CONCLUSIÓN
La idea/mandato que toda mujer "debe ser madre" se inscribe
en una concepción instintivista de la maternidad. Considero necesario
destacar que la maternidad es un acontecimiento propio de lo humano y,
como tal, implica una noción desplazada de lo natural. El pasaje a la
cultura constituye al sujeto humano y, en este sentido, "el deseo de
hijo" ya no será, por definición, sólo instintual. No niego su
apoyatura en lo natural pero considero que la sobrepasa ampliamente,
inscribiéndose en el registro del universo simbólico de la cultura.
El concepto de "deseo de hijo" no es unívoco, si bien,
históricamente estuvo indisolublemente ligado al "destino
femenino" por excelencia. El "hijo" otorgó representación
a las mujeres en las diferentes culturas. Las iconografías y
significaciones maternales constituyen unas imágenes tranquilizantes,
frente al denominado "enigma femenino", permitiendo desplazar
ansiedades primordiales referidas a la diferencia sexual.
Siguiendo la lógica freudiana, la niña sería objeto de un perjuicio por
no haber sido dotada del genital correcto. A partir de este punto, Freud
señaló tres caminos posibles a transitar por el desarrollo psicosexual
de la niña, guiados por la "envidia del pene" y empujados por
la hostilidad hacia la madre: a) inhibición o apartamiento de la
sexualidad, b) el "complejo de masculinidad" y c) la maternidad.
Esta última sería la salida esperada, la "normativa" normal,
el acceso a la femeneidad a través del "deseo y consumación de
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